lunes, 13 de noviembre de 2017

382. Convalecientes de cervantina



No hay vacuna ni aspirina que cure la cervantina. Ese es el estribillo con que la compañía Ron Lalá, en coproducción con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, arranca las palmas del público durante la principal pieza musical que ameniza esa primorosa producción que es Cervantina. Y es verdad que no hay antídoto. Quien esto escribe continúa aún convaleciente de esa maravillosa enfermedad, la cervantina, que se nos ha inoculado como una bendición contra la mediocridad de nuestro tiempo. Porque estar enfermo de Cervantes es mirar el mundo con lucidez, con tolerancia, con espíritu crítico y con deseos de conocimiento. El virus se contagia leyendo las obras del inmortal alcalaíno y, si la cepa hace nido, ya no hay quien se cure. Los gobiernos no quieren que derive en pandemia. ¿A qué gobierno del mundo le interesa que sus ciudadanos piensen, ponderen, denuncien?
Cervantina es un espectáculo memorable. La primera parte se detiene en algunos hitos de la vida de Cervantes. Éste dialoga con la musa inspiradora, que es una usurera que siempre pide más, una diosa caprichosa a cuya pira se deben inmolar tantos sacrificios y renuncias si se quiere recibir su pizca de iluminación. Es también una alegoría de la literatura, a quien hay que entregar la vida entera si se desea la gloria. Todo gran escritor tiene algo de Aquiles ante el profeta Calcante. Cervantes conoció esa expiación. La musa le pronostica, sin embargo, que en España será el escritor más famoso de todos los tiempos y que todo español tendrá un Quijote en su casa aunque nunca lo haya leído. Las instituciones aprovecharán la efeméride de su muerte para escudriñar en los osarios, pero sólo en los centenarios, para la foto oficial. Amarga crítica a la hipocresía intelectual y política y a la desatención de nuestra figura más señera.
Luego todo es un torbellino de ritmo trepidante que alterna diferentes momentos de las obras de Cervantes, acercando los textos clásicos con inusitada frescura, buen gusto y excelente sentido del humor. Las Novelas ejemplares, el Quijote, La Galatea, El viaje del Parnaso y algunos entremeses, entre ellos aquel que la tradición titubea en su atribución, El hospital de los podridos. La transición entre las diferentes obras se realiza con suma naturalidad. Los textos, escritos por el poeta Álvaro Tato, que hace también las veces de actor en la compañía, no chirrían en el ripio, antes al contrario, contienen lo mejor de lo elegíaco y de lo popular. Los actores interactúan con el público, –¿de qué está usted podrido? –, y el público, que está podrido de hipotecas, corruptelas, nacionalismos o del jefe, engrosa ese hospital de los podridos que quieren sanar (enfermar) de Cervantes.
Aunque la obra tiene una vocación divulgadora de la figura de don Miguel (Ron Lalá debería ser una asignatura troncal en el exiguo currículum de la Secundaria), no cae en el didactismo repulsivo de la nueva pedagogía, ese que cree que los alumnos son idiotas. Al revés, los actores respetan la inteligencia del espectador, entre los que también se hallan, no olvidemos esto, los grandes lectores de Cervantes. De tal manera que, al final, la didáctica y el homenaje calan por igual sin la erudición pedantesca y sin el sonrojante payasismo de quienes están bajando el nivel de este país.

Es difícil pasarlo mejor en un espectáculo teatral. Todo él rebosa de amor a la cultura; carcajadas, música, palmas, dicción perfecta, preciosa iluminación, interacción con el público, ritmo, sorpresa. Yo sigo enfermo pertinaz. Y no hay vacuna ni aspirina que cure la cervantina. Dadme por muerto. Es decir, por muy vivo.

lunes, 6 de noviembre de 2017

381. Diez años de 'Página Dos'



Hay costumbres domésticas que, a fuerza de repetirse, tienden a sacralizarse. Y todo acto sagrado requiere de su ritual. En mi casa, a la fórmula “¿nos hacemos un Página Dos”? le sigue todo el ceremonial correspondiente: las velas, el incienso de vainilla, la tetera y las pastitas de té. Así que, cuando empieza la música de apertura del programa, nuestro salón ya está a oscuras, el aroma del incienso se mezcla con el del roiboos pakistaní y en las paredes llenas de libros, junto a los haces de luz de la televisión, las llamas de las velas recortan dos sombras sinuosas que alargan o reducen sus siluetas al capricho cimbreante del fuego. El mito de la caverna de Platón en el salón de casa. Y, efectivamente, sentimos que hay en nosotros más verdad en esas sombras nuestras que en los cuerpos prisioneros de nuestro peso.
Junto a la sintonía del programa, desfilan, a modo de índice, las imágenes de la promesa literaria de la nueva edición. Una voz masculina murmura una melodía que nos mece en la expectativa; podría sonar perfectamente en la entrada de la grieta de la Pitia, como una antesala de las palabras, siempre oraculares, del escritor entrevistado. Antes de su definitiva epifanía, la cámara se detiene en esos espacios de la desolación que ya son una de las señas de identidad del programa: un ventanal roto, una fábrica abandonada, un solar cubierto de maleza, un grafiti solitario, la hojarasca a merced del viento, las vías del ferrocarril, un skyline de los tejados de una ciudad cualquiera. Gatos, antenas y cables eléctricos. Toda una estética desconsoladora que parece estar allí para ser redimida por la literatura. Como si la palabra necesitase de los yermos para brotar más libre y soberana. Y, después, Óscar López, el peregrino del oráculo que sabe hacer las preguntas correctas. Y el escritor interpelado, que desgrana su obra y abre caminos al lector. Escritores conocidos, mediáticos. Pero también “los otros”, los que no existen y hace tiempo han emprendido su epopeya solitaria y casi invisible: los editores independientes, los guionistas, los ilustradores, los traductores, los libreros, los outsiders de la literatura, corajinosos y coherentes con su credo más allá de los focos y la fama. “El impostor” nos descubre los entresijos íntimos de la literatura; una receta literaria nos recuerda el sabor antiguo de aquel libro que leímos –que degustamos–; Desirée de Fez hilvana fotogramas con la tinta de las novelas; otros escritores nos orientan más allá del canon; Óscar nos lleva de compras a las librerías; viajamos a los rincones geográficos de los libros y, así, estos se trascienden y están vivos en las calles y cafés, en las plazas y estaciones que habitaron sus personajes, tan reales como el caminante que los recrea en su ruta. Las efemérides resucitan a nuestros escritores, si es que alguna vez hubieron muerto y en el miniclub los ojos asombrados de dos niños explican mejor que ellos mismos el virus inoculado por la literatura, incurable y eterno, mientras sujetan el libro que acaban de leer. Ellos, custodios del futuro y supervivencia de la literatura.

Página Dos cumple una década. El tiempo pasa deprisa y se diluye como las volutas de nuestra varilla de incienso, que observo ahora, apenas una brasa extinguiéndose ya entre las cenizas de su propia consumición. La vela también va menguando y los vasos albergan los posos fríos del té. También Página Dos amarilleará sus bordes algún día. Deseamos que eso pase muy tarde; eso es, al menos, lo que se desea en los cumpleaños. Pero cuando eso ocurra, el papel de esa página dos, permanecerá en nuestro recuerdo con la prístina blancura del satinado. Porque Página Dos es todos los libros que hemos leído gracias a su amistad semanal. Y si se dice que somos los libros que hemos leído, entonces somos, también nosotros, Página Dos.


lunes, 30 de octubre de 2017

380. 'Réplica'



Que la identidad es el gran motivo literario de nuestro tiempo me parece que empieza a ser cada vez menos discutible. Y no puede ser de otra manera. En un mundo donde somos lo que somos pero también el avatar que se esconde tras las redes sociales; en un primer cuarto de siglo donde la identidad es prostituida y manipulada con fines espurios por los nacionalismos; en una etapa de la historia de la humanidad donde el hombre camina cada vez más solo y desorientado, sin poder acogerse ya a los referentes tradicionales que le otorgaban la certeza de formar parte de algo más grande que él mismo, la literatura ha tratado de explicar la inmensa crisis identitaria de este milenio adolescente y, a la vez,  se ha erigido ella misma en la patria en donde hallarnos ciertos y seguros.
Y Miguel Serrano Larraz, que es hijo de su tiempo y ciudadano universal de los libros, ha entendido esta desazón de la identidad en su última obra, Réplica, publicada por Candaya. Si tuviera que resumir con una metáfora los doce relatos que integran este nuevo libro, diría que Miguel Serrano Larraz ha estrellado contra el erial del siglo XXI el espejo de la identidad haciéndolo saltar en mil pedazos. Y cada esquirla desparramada arbitrariamente por ese yermo, reflejadas sus rotas aristas con las del resto de fragmentos, ha creado una constelación infinita de realidades, todas ciertas y todas mentira. Es por eso que en este libro poliédrico abundan los desdoblamientos; el del adulto que se reencuentra con el niño perdido del centro comercial, trasunto de su propia infancia, quizás la única patria imposible; el del peluche extraviado que se intenta sustituir por su réplica en la tienda, un relato con resabios a Warhol y su crítica a las frías e impersonales cadenas de producción (no es casual que la imagen de la cubierta del libro diseñada por Nela Ochoa, se llame, precisamente, “Resonancias de Warhol”); el padre que se deja el bigote y es ya “otro”; la mitad del billete que halla su otra mitad en ese juego maravilloso de espejos y suspense que es el excelente relato negro “Media res”. Pero también la identidad analizada desde la percepción que los demás tienen de nosotros: el escritor que escribe novelas cómicas aunque todo el mundo las recibe como serias y profundas, o el personaje de mil vidas a quien todos confunden con algún famoso arrebatándole así su propio yo. También la familia, los orígenes o la identidad sexual jalonan ese leit motiv de la autoafirmación y sus estertores. Esa visión caleidoscópica se manifiesta como una proyección natural en la estructura de los relatos; muchos de ellos parten de un epicentro argumental, del que la trama se va distanciando paulatinamente casi sin darnos cuenta para acabar en un asunto totalmente diferente, fuera de la órbita inicial; otras veces, el relato parece inacabado o incompleto; quizás también tenga algo que ver  en ello la defensa del concepto de trama, válida y autónoma per se, que se hace en “Logos”. De ese modo, violentada también la estructura, el género literario busca también su propia identidad, sus cauces de afirmación.
Como es de esperar, en todo ese laberinto de búsqueda, los personajes de los relatos de Serrano Larraz son entes perdidos, vulnerables, asombrados, maniatados, incapaces de entender el mundo que habitan, velados por un cendal casi onírico o surrealista.

Quien se adentre en los relatos de Réplica debe aceptar el reto de perderse en ese dédalo iniciático que es casi una ontología del yo. Ser réplica, el lector también, de sí mismo; perderse y reencontrarse quizás distinto. Tal vez en esa búsqueda continua reside, al fin, la identidad.

lunes, 23 de octubre de 2017

379. Títulos



Tengo por costumbre no complicarme demasiado la vida a la hora de titular mis artículos. Sobre todo, cuando se trata de reseñas críticas de algún libro, suelo encabezar mi escrito con el mismo título de la obra que reseño. Sin embargo, en algunos de los periódicos con los que colaboro me he topado con algún jefe de redacción que me ha pedido titular la reseña de otro modo con el fin expreso de que no coincidiera en ningún caso con el de la obra reseñada. He notado que en el mundillo periodístico esta sugerencia ha adquirido la categoría de máxima, una suerte de acuerdo tácito que todo el mundo acepta con normalidad, y hasta hay quien se extraña de mi imperdonable ingenuidad –quién es este tío que titula igual que el libro, habrase visto, qué falta de profesionalidad, debe de ser nuevo–. ¡Anatema! Sólo en mi columna del Diari de Tarragona dispongo de total libertad a la hora de titular. Quizás sea porque, tras casi 8 años de colaboración semanal, ya nadie se preocupa de revisar lo que escribe el pirado ese de la literatura…
Pero es que, ¿por qué inventarse un título alternativo cuando uno reseña un libro titulado, por ejemplo, El corazón es un cazador solitario? O, El jardín del unicornio y otros lugares para hombres solos. O A la sombra de las muchachas en flor. O La insoportable levedad del ser. O Lo bello y lo triste. O La balada del café triste (McCullers tenía realmente un don). O El museo de la inocencia. O El guardián entre el centeno. O Buenos días, tristeza. O La soledad de los números primos. O El amor en los tiempos del cólera. O Un tranvía llamado deseo. O Primavera con una esquina rota. O Mortal y rosa. ¿Qué mejor pórtico para una crítica literaria que la literatura misma? Por no hablar de los libros de poesía, que son un verdadero tesoro en el arte de titular. Recuerdo una vez que reseñé un libro de Antonio Carvajal, titulado El fuego en mi poder y para no repetir el título tuve que ingeniármelas de tal modo que acabé llamando al artículo “Carvajal, Prometeo de la poesía”. Buf.
El nutrido caudal de títulos hermosos que a mí me facilitan mi tarea se debe en muchas ocasiones al buen tino de los editores o, al revés, a la lucha del escritor por no escuchar las recomendaciones de aquéllos. Orgullo y prejuicio iba a llamarse “Primeras impresiones”; Matar a un ruiseñor se iba titular con el nombre de su protagonista “Atticus”; Lo que el viento se llevó iba a ser “Mañana será otro día”; Moby Dick se hubiera limitado a “La ballena”;y Guerra y paz estuvo a punto de imprimirse como “Bien está lo que bien acaba” (eso sí hubiera sido una anatema). Otras veces, algunos títulos insulsos se han revestido de una sugestión especial al traducirse. Así, La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde, proviene de un error de traducción, al confundir earnest, –que significa serio–, con Ernesto. Y Jorge Luis Borges, no sabemos si premeditadamente o por desconocimiento, tradujo The sound and the fury, de Faulkner, como El sonido y la furia, cuando en realidad el título original es una frase hecha, similar a nuestro “hablar por hablar”. Bienvenida, pues, la confusión.

Seguiré, pues, en la pertinaz contumacia de titular las reseñas igual que las obras reseñadas. Y si alguna vez cae en mis manos un buen libro con un mal título haré lo mismo. Porque los libros tienen derecho a que se los llame con sus nombres y apellidos. Para que vayan de boca en boca y acaben en el bautismo, siempre nuevo, de los ojos del lector.

lunes, 2 de octubre de 2017

378. 'Clima mediterráneo'



Clima mediterráneo (Visor) es el título del nuevo poemario de Luis Bagué, libro con que el autor ampurdanés ha obtenido el Premio Tiflos de Poesía en su trigésima edición. Qué reconfortante resulta toparse con un libro de poemas que responde, por fin, a un plan preestablecido, a un proyecto unitario en el fondo y en la forma, lejos de aquellas obras heterogéneas e inconexas que se limitan a juntar poemas sin más afán que el de la mera colección acumulativa.
Clima mediterráneo se divide en 4 secciones. La primera, titulada “Mediterráneos”, es la desazonadora estampa de nuestro mar, crisol y cuna de civilizaciones pero también “puerta giratoria” que ha sido testigo de la expulsión morisca y judía, del abuso colonizador en América o de la vergonzante tragedia de los inmigrantes. En sus playas de Niza moría Garcilaso y en el castillo de Bellver dormitaba Jovellanos, soñando la quimera de un Mediterráneo ilustrado que ha devenido en un vertedero, “alquitrán en las plumas, pecas en las escamas, / un tatuaje de henna / en el caparazón”, que es también vertedero moral.
La segunda parte, “Hecho en España”, es un catálogo de productos patrios, tamizados en el cedazo de la amarga ironía del poeta, que degrada los símbolos clásicos al detritus de la posmodernidad. Así, en la serie “España real”, Bagué realiza la acerada écfrasis de tres cuadros: Las meninas, La familia de Carlos IV y La familia de Juan Carlos I. En “Don Quijote 2.0.” se coteja la España de Alonso Quijano con ésta nuestra donde los molinos son ahora parques eólicos, la meseta castellana es carnaza para el especulador,  la fantasía de Clavileño una compañía aérea y del escrutinio del cura y del barbero sólo se salvan la Biblia y la Constitución. El toro de Osborne, otro “pecio de la cacharrería posmoderna”, merece también su oda y, siguiendo con los toros, en “El rapto de Europa”, el poeta reformula el mito clásico para trazar una historia del viejo continente a través de la metáfora de la vaca, hasta llegar a las vacas flacas de la crisis económica y el rescate bancario actuales, remedado secuestro de los dueños del nuevo Olimpo capitalista. Termina la sección con la serie “Dieta mediterránea”, cuyo bodegón poético nos recuerda que somos “carne mística y caducidad”; y con “Patrimonio nacional”, donde se parodia las restauraciones falaces de lugares históricos para el turismo-zombi de cámara al cuello, helado y camisas floreadas. En “VPO”, el poeta se lamenta del fracaso de los pisos de protección oficial, derribados por la crisis y por los intereses especuladores.
La tercera sección, “Alta velocidad”, está compuesta por 23 haikus impuros, algunos de los cuales glosan el magnífico cuadro de Darío de Regoyos, Viernes santo en Castilla, un ingenioso catálogo de píldoras poéticas entre la sentencia y el divertimento.
Finalmente, “Zona residencial” es la sección más intimista y metafísica del poemario y, sin embargo, su material poetizable se abastece de la más estricta cotidianeidad. Así, el acto de reciclar o el de barrer adquieren categorías casi ontológicas, porque en la vida, “siempre estás en la vía purgativa”. En “Ciberespacios”, la irónica reformulación del tópico virgiliano del locus amoenus, acaba siendo trasunto de la soledad a que nos abocan las redes sociales. En ese mundo globalizado e impersonal, el poeta aspira a “una proporción hospitalaria / Busco la magnitud de lo habitable”.

Clima mediterráneo es un libro inteligente, trufado de guiños culturalistas que enriquecen el conjunto y halagan al lector. El lenguaje deconstruye sorpresivamente los significantes y los reformula brillantemente. Su gran mérito estriba en la simbiosis anómala de lo clásico y lo posmoderno en una suerte de collage imposible pero  desoladoramente sugestivo. 

lunes, 25 de septiembre de 2017

377. Doblaje



Hace ya más de cuatro años que nos dejó huérfanos de su voz el gran Constantino Romero. Desde entonces, Clint Eastwood nos parece un impostor, Terminator un robot de pega y Darth Vader un pobre asmático enlutado. Y, sin embargo, todos ellos nacieron con sus  voces originales, aunque a nosotros nos parezcan las de unos extraños. Qué gran mago del ventrilocuismo cinematográfico, don Constantino Romero, capaz de conseguir que la voz doblada de Roger Moore fuera más auténtica que la que el agente 007 traía de serie en su propia predisposición genética. Qué demiúrgico poder el de insuflar, mediante el prodigio de la voz,  una vida nueva a quien ya la posee y convertirlo en otro más genuino, más cierto y verdadero, degradando al legítimo a la condición de mero avatar. Y qué duda y contradicción ontológicas nos produce escuchar eso que llaman la versión original de las películas. ¿Acaso no es auténtico y único y más Apollo Creed que nunca el que peleaba en el ring con la voz de Constantino?
También en el mundo del libro existen los dobladores, ataviados aquí con las gafas del traductor. Y aunque, sobre el papel, resultaría deseable leer los libros en su idioma original (¡cuánto nos hemos perdido al leer a Homero traducido!), hay veces que los traductores consiguen doblar las voces primigenias con un tino tal que, a buen seguro, algunas de ellas perderían galones en su primer idioma. Léanse, si no, las traducciones de Jorge Luis Borges o las excelentes de la editorial Acantilado.
Pero aquí hablamos de voces y, en último término, nosotros mismos, los lectores, somos también dobladores consumados. Cuando, en el privado ejercicio de la lectura, bisbiseamos los párrafos del narrador, o cuando reproducimos mentalmente los diálogos de los personajes, o cuando asistimos como testigos de lo hondo al inquietante monólogo interior del protagonista, en todos esos casos, somos nosotros quienes ponemos la voz, quienes ideamos un timbre, quienes modulamos los registros, quienes aplicamos el diapasón a la frecuencia que mejor nos encaja. Y es por eso que, igual que imaginamos paisajes, fisonomías y caracteres, así también fantaseamos con las voces de los libros, que ya no podrán ser nunca otras, ni siquiera las de las adaptaciones cinematográficas, aunque las doblase el mismísimo Constantino Romero. Por ese motivo nos decepcionan los actores, sus rasgos y dicciones, porque no son ya los que habíamos inventado en nuestro irrepetible e infranqueable estudio de doblaje. Algo así como cuando, a la inversa, a la voz de nuestro locutor radiofónico favorito le descubrimos una cara y se nos rompe para siempre el sortilegio. 

Pero el más radical ejercicio de doblaje que existe en el mundo es el que hacemos con nosotros mismos. La sociedad misma está llena de dobleces y de roles artificiales que desempeñar. Y en todas esas situaciones, nos doblamos para ejercer del personaje que aspiramos a ser en cada momento en nuestra existencia poliédrica. Y, sin embargo, sólo hay una única y verdadera voz interior, aquella que nos define esencialmente, que nos conmina a elevarnos por encima de las otras voces tras las que nos ocultamos. Esa voz surge del único estudio de doblaje del que no se sale nunca impune: aquel en cuya voz reconocemos nuestra autenticidad, el tuétano de nuestro ser, nuestra inexorable conciencia.

lunes, 18 de septiembre de 2017

376. Infiel



Si vas a serle infiel, hazlo con un libro

La despertó en mitad de la madrugada aquella desazón de otras noches que tan bien conocía. Cubría su cuerpo tan sólo con la camisa blanca de él, en la que había decidido enfundarse para conjurarse contra la añoranza de su ausencia. La prenda, varias tallas mayor que la suya, la vestía hasta los muslos y conservaba aún el aroma de él. Quizás hubiera sido aquel olor varonil, aquella mezcla como de cuero y naturaleza agreste, la que había agitado su sueño y había desatado aquella íntima y lúbrica turbación que ahora la desvelaba sumergiéndola en impúdicas evocaciones. Pero sabía muy bien lo que tenía que hacer.
Se deslizó desde la cama hasta el suelo y, descalza, los flecos de la camisa flanqueando sus caderas, anduvo por el pasillo hasta la habitación que hacía las veces de biblioteca en la casa. Una vez dentro, se acercó con paso reverencial hasta las estanterías y fue examinando los anaqueles con las manos cruzadas en la espalda, como una general que pasara revista a su batallón o una diosa en túnica blanca que decidiera caprichosa los destinos. A veces, se detenía ante alguno de los libros y acariciaba con los dedos su lomo un instante, apenas un roce, para luego desdeñarlo y pasar de largo. Unos pasos más adelante repitió su ritual pero, esta vez, se detuvo más tiempo en las caricias y, después, resuelta, tomó con su dedo índice la cabezada del libro y lo extrajo de la hilera.
Ya en la cama, ella se desabrochó la camisa y retiró luego, lentamente, la faja del libro y el forro que la estorbaban; después colocó el libro a horcajadas sobre su pecho semidesnudo y, tras las páginas preliminares, donde satisfizo la curiosidad del descubrimiento, se centró en el cuerpo de la obra. Pendía del libro un marcapáginas de seda rojo cosido a la tripa y algo deshilachado en su parte inferior. Mientras ella leía, boca arriba, sujetaba el libro con pulso irregular, lo que facilitaba el movimiento pendular del marcapáginas, que en su cadencia oscilante rozaba sus pezones; estos respondían enhiestos a los besos rítmicos de la tela.
No sabemos, y ella no supo tampoco, en qué momento dejó de sujetar el libro con ambas manos ni adónde fue a parar la mano que había quedado libre. Ella sólo recuerda, ahora que ha amanecido y se ha descubierto en negligente postura con el libro dormido sobre su pecho, que en un momento dado, el libro le había susurrado palabras que olían a tinta y a lignina, y que ella,  cada vez más enfervorizada por aquellas frases musitadas al oído, había pasado las páginas del libro muy deprisa, cada vez más deprisa, frenéticamente deprisa, y que hubo un momento en que ella alcanzó el colofón del libro, lo leyó ya casi sin fuerzas, las pupilas se le volvieron hacia atrás, los ojos se le quedaron en blanco y cerró el libro con tal fuerza que la tapa al cerrarse sonó como una detonación atronadora que coincidía con el último estertor de su cuerpo convulsionado.

Ahora, todavía tumbada sobre la cama, ella mira la fotografía de su esposo en la mesita de noche. Mientras lo mira, se echa un dedo a la boca, lo muerde, y sonríe, traviesa, como si pidiera perdón por la trastada cometida por una niña. Después se levanta, toma el libro y lo devuelve a su lugar en la estantería. Antes de salir de la biblioteca, le guiña un ojo y con el dedo índice colocado en sus labios como cuando se manda callar a alguien, le pide que le guarde el secreto. Después cierra la puerta de la biblioteca y el aire que produce al cerrar, agita levemente, en el libro, el ufano marcapáginas de seda rojo.

domingo, 10 de septiembre de 2017

375. Leer a Landero



Escritores noveles: abandonad toda esperanza. Después de leer a Luis Landero, cualquier cosa que escribáis os va a parecer un sucedáneo literario, la alegoría platónica de la caverna, el caviar de beluga del Mercadona, la burda estampa de vuestras aspiraciones, el Ecce Homo de Borja. Entonces, ¿es mejor no leer a Landero para no alimentar frustraciones, lastimeros ayes de impotencia, papeleras rebosantes y oleadas de suicidios? Pues todo lo contrario. Nunca ha sido tan necesario como hoy para el escritor novel (y para los no tan noveles), leer a Landero. Porque sólo leyendo a Landero y a los otros grandes maestros de la literatura, seremos capaces de ponderar nuestros propios textos y recibir nuestra buena bofetada de humildad antes de decidir dar a la imprenta aquel libro del que nos sentimos tan orgullosos y que no pasa de deplorable pasquín para el autobombo y la tonta vanidad. 
Existen muchas maneras de entender la literatura. Pero para mí hay un requisito que me parece insoslayable: la literatura entendida como arte. Nicanor Parra tituló a su décimo poemario Artefactos jugando con la etimología: los poemas estaban escritos, hechos, con arte. Igual que el pintor utiliza su paleta y el escultor su cincel para sus obras artísticas, el escritor, que es otro artista, se sirve de la palabra para crear belleza. Todo lo demás podrá considerarse literatura pero nunca pasará a los manuales, porque sólo resiste a la inquina del tiempo aquello que en su belleza perpetúa su atemporalidad y su universalidad. El resto es accidente, circunstancia, consumo, usar y tirar. Se puede comulgar o no con las novelas de Landero, con su carácter sugestivo, evocador, con su ritmo demorado, con su prosa envolvente, con su elegancia cervantina y galdosiana; hay quien dirá que prefiere la sucesión vertiginosa de lances argumentales y lo cifre todo en el imperio de la acción; no hallará eso en Landero. Pero nadie podrá negar el uso exquisito que el autor extremeño hace de la palabra, elevada a categoría artística; y todo ello sin exhibicionismos retóricos ni prurito de deslumbrar, sino, simplemente, con el reverencial respeto a la materia prima de su labor literaria: las palabras. Especialmente sus obras memorialísticas son una fiesta del verbo, delicado como sus personajes, que acuna y acaricia al lector y lo lleva en volandas merced a un formidable dominio de los resortes narrativos. Da la sensación de que Landero podría dilatar sus libros hasta el infinito sin que tuviera que pasar necesariamente nada trascendental en el argumento y que, no obstante, el lector lo seguiría sin rechistar, leal, mecido por la prosa, narcotizado por el simple devenir de las frases, instalado en el mágico estado de sucederse él mismo en el acto de la lectura, como una verdad ontológica. La palabra, con Landero, no se siente violentada, no se somete a escorzos extraños ni al artificio; fluye retroalimentada por su propia inercia, como un río de aguas calmas, literatura en estado puro. Resulta complicado acabar un libro de Landero y tomar otra lectura porque, casi siempre, uno debe asumir la renuncia a esa pureza. Podemos entretenernos con otras historias originalísimas, podemos sentirnos amarrados a las incógnitas de una trama o sentirnos retados por el juego intelectual que otro autor nos proponga, pero casi siempre sentiremos que nos falta algo, que hay un destierro cruel tras acabar las novelas de Landero y que casi todo lo que leamos después alberga unos visos de provisionalidad, como el hotel de una ciudad extranjera o el vestíbulo de un aeropuerto, meros trámites antes de volver a casa.

Así que, escritor novel, lee a Landero. Porque necesitamos que te frustres, que emitas ayes de impotencia, que colmes las papeleras de tu despacho y que, en último término, –¿por qué no? – nos hagas el favor de suicidarte. Literariamente (o no).

lunes, 4 de septiembre de 2017

374. El país de ninguna parte

Con esas palabras se refería Federico García Lorca a la Alpujarra en alguna de las ocasiones en que el poeta granadino visitara Lanjarón entre 1917 y 1935. Era costumbre familiar tomar los baños en el balneario, principalmente la madre, que hallaba en las propiedades curativas del agua alivio a sus dolencias. Lanjarón conserva la memoria de aquellas visitas en el Hotel España, donde se alojaba la familia Lorca y en sus numerosas fuentes, que mezclan los versos del agua con los de Federico. En Lanjarón se dice que el joven Lorca –apenas dieciocho años– halló su primer amor, Maria Luisa Natera, de catorce, las manos de ambos apenas rozándose sobre el teclado de un piano donde compartían su pasión por Chopin.
Desde hace ya 12 años, el Balneario de Lanjarón organiza los cursos sobre cultura y agua. Asistir a ellos es darle la razón a Federico: uno siente, efectivamente, que se encuentra en el país de ninguna parte. En una sociedad empeñada en la contumacia de las banderas, el viajero encuentra en la universalidad del agua y del conocimiento la única patria posible: el país de ninguna parte y el de todas las partes a la vez. En el curso de Lanjarón, uno puede escuchar en arameo todas las voces del agua usadas por los judíos de Al-Andalus en la Biblia. O traspasar los vórtices del tiempo para hallar el origen del agua en el universo. O conocer que el agua en Japón es mucho más que la ola de Hokusai. O que el sueño de los viajes en el tiempo es científicamente posible –ciencia y poesía de la mano, ¿acaso estuvieron alguna vez separadas?–. O caminar por Sierra Nevada, los ojos peregrinos sobre los trazos sorollescos del artista. O bucear por la historia del cine. O denunciar la degradación de nuestra España vacía (vacía de tanto). O pasear por el entorno natural de Lanjarón esmaltándola de literatura. O sentir vivo a Zorrilla. O degustar gotas de microrrelatos. O hallar en el haiku la destilación de la poesía. Y hacerlo con el cuerpo ungido por el agua salutífera del balneario, hisopos ambos, el de la cultura y el del agua para el bautismo definitivo y la promesa del recuerdo perenne.
Y, entre tanto talento, don Antonio Carvajal, agua nutricia de estos cursos, llenando con su presencia de clepsidra cada charla, cada cena, cada palabra. Y recordarlo  subido a la concha que preside la sala de fiestas, –en la concha de Venus amarrado–, flor de Gnido su verbo que enamora y perturba, narrando la famosísima historia de “La Motrilova”, figura señera del imaginario colectivo que ya está pidiendo un romance en perfectos octosílabos.
El próximo año, fíjense si les aviso con antelación, el curso versará sobre agua y superstición, como no podía ser de otra manera en su decimotercera edición. Dicen que Thomas Mann se enjuagaba las manos con agua de violetas antes de escribir. Que el agua estancada en las obras de Lorca presagia la muerte y la esterilidad. Que los griegos colocaban sendas monedas en los ojos de los cadáveres para que las almas de éstos pudieran pagarle al barquero Caronte.  Pero en Lanjarón, las palabras huelen a espliego y romero, el agua corre viva desde sus manantiales de salud y a Caronte –tan largo me lo fiáis–, lo invitamos a una buena sobredosis de agua Capuchina. 



lunes, 28 de agosto de 2017

373. Palabras (Miscelánea barcelonesa)



“Se dice, y es verdad, que ningún barcelonés puede dormir tranquilo si no ha paseado por la Rambla por lo menos una vez, y a mí me ocurre otro tanto estos días que vivo en vuestra hermosísima ciudad. Toda la esencia de la gran Barcelona, de la perenne, la insobornable, está en esta calle que tiene un ala gótica donde se oyen fuentes romanas y laúdes del quince y otra ala abigarrada, cruel, increíble, donde se oyen los acordeones de todos los marineros del mundo y hay un vuelo nocturno de labios pintados y carcajadas al amanecer”. (García Lorca)
“La Rambla de Barcelona es la metáfora misma de la vida, vertiente hacia el mar, que es la muerte, según los tópicos medievales” (Vázquez Montalbán)
“Me gusta esta ciudad, al menos de plaza Catalunya para abajo. Yo me declaro nacionalista de las Ramblas, con todos los idiomas y culturas. En el Raval me siento en mi barrio. Ayer charlé con un camarero pakistaní que me enseñó algunas palabras en urdu”. (Juan Goytisolo)
“La Rambla de espectadores silenciosos, repantigados en las sillas de madera y contemplando el devenir de nuestra gente mientras la fuentecilla encapillada emite un gluglú que no escuchamos, casi apagado bajo el trinar de miles de pájaros que habitan en las ramas de follaje verde celeste y la musiquilla del violinista ciego, sentado delante de un quiosco lleno de revistas que un día dijeron que habían ganado los nacionales y otro día que llegaban turistas y después, hoy mismo, que Cuba se ha vuelto comunista, y muchos edificios están agrandando mi ciudad que vuelve a vivir; ay, fiebre de verano de una Barcelona asustada de su propio crecimiento, ¿quién se acuerda hoy de que un día lloramos?” (Terenci Moix)
“E1 boulevard de las Ramblas estaba vistoso: circulaban banqueros encopetados, militares graves, almidonadas amas que se abrían paso con las capotas charoladas de los cochecillos, floristas chillonas, estudiantes que faltaban a clase y se pegaban, en broma, riendo y metiéndose con la gente, algún tipo indefinible, marinos recién desembarcados. Teresa brincaba y sonreía, pero pronto se puso seria. —El bullicio me aturde. Sin embargo, creo que no soportaría ver las calles vacías: las ciudades son para las multitudes, ¿no crees?”  (Eduardo Mendoza)
“Sentía una gran nostalgia de aquella hermosa nostalgia esa noche de la semana en que
salí del teatro con mis amigos de Barcelona. Las Ramblas estaban más concurridas y delirantes que nunca, todavía con las enormes estrellas de luces de colores de la Navidad. En medio de la muchedumbre bulliciosa, de los gringos despistados y las suecas suculentas y casi desnudas en enero, estaban los exiliados de América Latina con sus ventorrillos públicos de baratijas, con sus niños envueltos en trapos, sobreviviendo como pueden mientras llega también para ellos el barco del regreso.” (García Márquez)
“Una hora después estoy en el hervor de la Rambla. Es esta calle ancha, como sabréis, de un pintoresco curioso y digno de nota, baraja social, revelador termómetro de una especial existencia ciudadana. En la larga vía van y vienen, rozándose, el sombrero de copa y la gorra obrera, el smoking y la blusa, la señorita y la menegilda”. (Rubén Darío)

“És tot un cel de blau i d’alegria /aquesta Rambla meva i em fa esglai / pensar que puc deixar-la sola un dia / la Rambla i jo no hem d’apartar-nos mai! /I quan sigui una vella corsecada /amb tot aquest cabell pansit i blanc, /em trobaran al peu de la parada,/com si jo hi defensés la meva sang. / I els que passin i em vegin sense vista,/tremolant, amb un pom dins la mà,/ diran: “guaiteu, l’Antònia, la florista / ja no pot cridar, ni caminar./I xaruga com és, plena de noses/i de dolors, encara té prou cor,/fidel  a la parada de les roses,/ fins que la vingui a recollir la mort.” (Josep Maria de Sagarra)

Palabras. Contra la barbarie, sólo palabras, anegando el mosaico de Miró.