lunes, 25 de septiembre de 2017

377. Doblaje



Hace ya más de cuatro años que nos dejó huérfanos de su voz el gran Constantino Romero. Desde entonces, Clint Eastwood nos parece un impostor, Terminator un robot de pega y Darth Vader un pobre asmático enlutado. Y, sin embargo, todos ellos nacieron con sus  voces originales, aunque a nosotros nos parezcan las de unos extraños. Qué gran mago del ventrilocuismo cinematográfico, don Constantino Romero, capaz de conseguir que la voz doblada de Roger Moore fuera más auténtica que la que el agente 007 traía de serie en su propia predisposición genética. Qué demiúrgico poder el de insuflar, mediante el prodigio de la voz,  una vida nueva a quien ya la posee y convertirlo en otro más genuino, más cierto y verdadero, degradando al legítimo a la condición de mero avatar. Y qué duda y contradicción ontológicas nos produce escuchar eso que llaman la versión original de las películas. ¿Acaso no es auténtico y único y más Apollo Creed que nunca el que peleaba en el ring con la voz de Constantino?
También en el mundo del libro existen los dobladores, ataviados aquí con las gafas del traductor. Y aunque, sobre el papel, resultaría deseable leer los libros en su idioma original (¡cuánto nos hemos perdido al leer a Homero traducido!), hay veces que los traductores consiguen doblar las voces primigenias con un tino tal que, a buen seguro, algunas de ellas perderían galones en su primer idioma. Léanse, si no, las traducciones de Jorge Luis Borges o las excelentes de la editorial Acantilado.
Pero aquí hablamos de voces y, en último término, nosotros mismos, los lectores, somos también dobladores consumados. Cuando, en el privado ejercicio de la lectura, bisbiseamos los párrafos del narrador, o cuando reproducimos mentalmente los diálogos de los personajes, o cuando asistimos como testigos de lo hondo al inquietante monólogo interior del protagonista, en todos esos casos, somos nosotros quienes ponemos la voz, quienes ideamos un timbre, quienes modulamos los registros, quienes aplicamos el diapasón a la frecuencia que mejor nos encaja. Y es por eso que, igual que imaginamos paisajes, fisonomías y caracteres, así también fantaseamos con las voces de los libros, que ya no podrán ser nunca otras, ni siquiera las de las adaptaciones cinematográficas, aunque las doblase el mismísimo Constantino Romero. Por ese motivo nos decepcionan los actores, sus rasgos y dicciones, porque no son ya los que habíamos inventado en nuestro irrepetible e infranqueable estudio de doblaje. Algo así como cuando, a la inversa, a la voz de nuestro locutor radiofónico favorito le descubrimos una cara y se nos rompe para siempre el sortilegio. 

Pero el más radical ejercicio de doblaje que existe en el mundo es el que hacemos con nosotros mismos. La sociedad misma está llena de dobleces y de roles artificiales que desempeñar. Y en todas esas situaciones, nos doblamos para ejercer del personaje que aspiramos a ser en cada momento en nuestra existencia poliédrica. Y, sin embargo, sólo hay una única y verdadera voz interior, aquella que nos define esencialmente, que nos conmina a elevarnos por encima de las otras voces tras las que nos ocultamos. Esa voz surge del único estudio de doblaje del que no se sale nunca impune: aquel en cuya voz reconocemos nuestra autenticidad, el tuétano de nuestro ser, nuestra inexorable conciencia.

lunes, 18 de septiembre de 2017

376. Infiel



Si vas a serle infiel, hazlo con un libro

La despertó en mitad de la madrugada aquella desazón de otras noches que tan bien conocía. Cubría su cuerpo tan sólo con la camisa blanca de él, en la que había decidido enfundarse para conjurarse contra la añoranza de su ausencia. La prenda, varias tallas mayor que la suya, la vestía hasta los muslos y conservaba aún el aroma de él. Quizás hubiera sido aquel olor varonil, aquella mezcla como de cuero y naturaleza agreste, la que había agitado su sueño y había desatado aquella íntima y lúbrica turbación que ahora la desvelaba sumergiéndola en impúdicas evocaciones. Pero sabía muy bien lo que tenía que hacer.
Se deslizó desde la cama hasta el suelo y, descalza, los flecos de la camisa flanqueando sus caderas, anduvo por el pasillo hasta la habitación que hacía las veces de biblioteca en la casa. Una vez dentro, se acercó con paso reverencial hasta las estanterías y fue examinando los anaqueles con las manos cruzadas en la espalda, como una general que pasara revista a su batallón o una diosa en túnica blanca que decidiera caprichosa los destinos. A veces, se detenía ante alguno de los libros y acariciaba con los dedos su lomo un instante, apenas un roce, para luego desdeñarlo y pasar de largo. Unos pasos más adelante repitió su ritual pero, esta vez, se detuvo más tiempo en las caricias y, después, resuelta, tomó con su dedo índice la cabezada del libro y lo extrajo de la hilera.
Ya en la cama, ella se desabrochó la camisa y retiró luego, lentamente, la faja del libro y el forro que la estorbaban; después colocó el libro a horcajadas sobre su pecho semidesnudo y, tras las páginas preliminares, donde satisfizo la curiosidad del descubrimiento, se centró en el cuerpo de la obra. Pendía del libro un marcapáginas de seda rojo cosido a la tripa y algo deshilachado en su parte inferior. Mientras ella leía, boca arriba, sujetaba el libro con pulso irregular, lo que facilitaba el movimiento pendular del marcapáginas, que en su cadencia oscilante rozaba sus pezones; estos respondían enhiestos a los besos rítmicos de la tela.
No sabemos, y ella no supo tampoco, en qué momento dejó de sujetar el libro con ambas manos ni adónde fue a parar la mano que había quedado libre. Ella sólo recuerda, ahora que ha amanecido y se ha descubierto en negligente postura con el libro dormido sobre su pecho, que en un momento dado, el libro le había susurrado palabras que olían a tinta y a lignina, y que ella,  cada vez más enfervorizada por aquellas frases musitadas al oído, había pasado las páginas del libro muy deprisa, cada vez más deprisa, frenéticamente deprisa, y que hubo un momento en que ella alcanzó el colofón del libro, lo leyó ya casi sin fuerzas, las pupilas se le volvieron hacia atrás, los ojos se le quedaron en blanco y cerró el libro con tal fuerza que la tapa al cerrarse sonó como una detonación atronadora que coincidía con el último estertor de su cuerpo convulsionado.

Ahora, todavía tumbada sobre la cama, ella mira la fotografía de su esposo en la mesita de noche. Mientras lo mira, se echa un dedo a la boca, lo muerde, y sonríe, traviesa, como si pidiera perdón por la trastada cometida por una niña. Después se levanta, toma el libro y lo devuelve a su lugar en la estantería. Antes de salir de la biblioteca, le guiña un ojo y con el dedo índice colocado en sus labios como cuando se manda callar a alguien, le pide que le guarde el secreto. Después cierra la puerta de la biblioteca y el aire que produce al cerrar, agita levemente, en el libro, el ufano marcapáginas de seda rojo.

domingo, 10 de septiembre de 2017

375. Leer a Landero



Escritores noveles: abandonad toda esperanza. Después de leer a Luis Landero, cualquier cosa que escribáis os va a parecer un sucedáneo literario, la alegoría platónica de la caverna, el caviar de beluga del Mercadona, la burda estampa de vuestras aspiraciones, el Ecce Homo de Borja. Entonces, ¿es mejor no leer a Landero para no alimentar frustraciones, lastimeros ayes de impotencia, papeleras rebosantes y oleadas de suicidios? Pues todo lo contrario. Nunca ha sido tan necesario como hoy para el escritor novel (y para los no tan noveles), leer a Landero. Porque sólo leyendo a Landero y a los otros grandes maestros de la literatura, seremos capaces de ponderar nuestros propios textos y recibir nuestra buena bofetada de humildad antes de decidir dar a la imprenta aquel libro del que nos sentimos tan orgullosos y que no pasa de deplorable pasquín para el autobombo y la tonta vanidad. 
Existen muchas maneras de entender la literatura. Pero para mí hay un requisito que me parece insoslayable: la literatura entendida como arte. Nicanor Parra tituló a su décimo poemario Artefactos jugando con la etimología: los poemas estaban escritos, hechos, con arte. Igual que el pintor utiliza su paleta y el escultor su cincel para sus obras artísticas, el escritor, que es otro artista, se sirve de la palabra para crear belleza. Todo lo demás podrá considerarse literatura pero nunca pasará a los manuales, porque sólo resiste a la inquina del tiempo aquello que en su belleza perpetúa su atemporalidad y su universalidad. El resto es accidente, circunstancia, consumo, usar y tirar. Se puede comulgar o no con las novelas de Landero, con su carácter sugestivo, evocador, con su ritmo demorado, con su prosa envolvente, con su elegancia cervantina y galdosiana; hay quien dirá que prefiere la sucesión vertiginosa de lances argumentales y lo cifre todo en el imperio de la acción; no hallará eso en Landero. Pero nadie podrá negar el uso exquisito que el autor extremeño hace de la palabra, elevada a categoría artística; y todo ello sin exhibicionismos retóricos ni prurito de deslumbrar, sino, simplemente, con el reverencial respeto a la materia prima de su labor literaria: las palabras. Especialmente sus obras memorialísticas son una fiesta del verbo, delicado como sus personajes, que acuna y acaricia al lector y lo lleva en volandas merced a un formidable dominio de los resortes narrativos. Da la sensación de que Landero podría dilatar sus libros hasta el infinito sin que tuviera que pasar necesariamente nada trascendental en el argumento y que, no obstante, el lector lo seguiría sin rechistar, leal, mecido por la prosa, narcotizado por el simple devenir de las frases, instalado en el mágico estado de sucederse él mismo en el acto de la lectura, como una verdad ontológica. La palabra, con Landero, no se siente violentada, no se somete a escorzos extraños ni al artificio; fluye retroalimentada por su propia inercia, como un río de aguas calmas, literatura en estado puro. Resulta complicado acabar un libro de Landero y tomar otra lectura porque, casi siempre, uno debe asumir la renuncia a esa pureza. Podemos entretenernos con otras historias originalísimas, podemos sentirnos amarrados a las incógnitas de una trama o sentirnos retados por el juego intelectual que otro autor nos proponga, pero casi siempre sentiremos que nos falta algo, que hay un destierro cruel tras acabar las novelas de Landero y que casi todo lo que leamos después alberga unos visos de provisionalidad, como el hotel de una ciudad extranjera o el vestíbulo de un aeropuerto, meros trámites antes de volver a casa.

Así que, escritor novel, lee a Landero. Porque necesitamos que te frustres, que emitas ayes de impotencia, que colmes las papeleras de tu despacho y que, en último término, –¿por qué no? – nos hagas el favor de suicidarte. Literariamente (o no).

lunes, 4 de septiembre de 2017

374. El país de ninguna parte

Con esas palabras se refería Federico García Lorca a la Alpujarra en alguna de las ocasiones en que el poeta granadino visitara Lanjarón entre 1917 y 1935. Era costumbre familiar tomar los baños en el balneario, principalmente la madre, que hallaba en las propiedades curativas del agua alivio a sus dolencias. Lanjarón conserva la memoria de aquellas visitas en el Hotel España, donde se alojaba la familia Lorca y en sus numerosas fuentes, que mezclan los versos del agua con los de Federico. En Lanjarón se dice que el joven Lorca –apenas dieciocho años– halló su primer amor, Maria Luisa Natera, de catorce, las manos de ambos apenas rozándose sobre el teclado de un piano donde compartían su pasión por Chopin.
Desde hace ya 12 años, el Balneario de Lanjarón organiza los cursos sobre cultura y agua. Asistir a ellos es darle la razón a Federico: uno siente, efectivamente, que se encuentra en el país de ninguna parte. En una sociedad empeñada en la contumacia de las banderas, el viajero encuentra en la universalidad del agua y del conocimiento la única patria posible: el país de ninguna parte y el de todas las partes a la vez. En el curso de Lanjarón, uno puede escuchar en arameo todas las voces del agua usadas por los judíos de Al-Andalus en la Biblia. O traspasar los vórtices del tiempo para hallar el origen del agua en el universo. O conocer que el agua en Japón es mucho más que la ola de Hokusai. O que el sueño de los viajes en el tiempo es científicamente posible –ciencia y poesía de la mano, ¿acaso estuvieron alguna vez separadas?–. O caminar por Sierra Nevada, los ojos peregrinos sobre los trazos sorollescos del artista. O bucear por la historia del cine. O denunciar la degradación de nuestra España vacía (vacía de tanto). O pasear por el entorno natural de Lanjarón esmaltándola de literatura. O sentir vivo a Zorrilla. O degustar gotas de microrrelatos. O hallar en el haiku la destilación de la poesía. Y hacerlo con el cuerpo ungido por el agua salutífera del balneario, hisopos ambos, el de la cultura y el del agua para el bautismo definitivo y la promesa del recuerdo perenne.
Y, entre tanto talento, don Antonio Carvajal, agua nutricia de estos cursos, llenando con su presencia de clepsidra cada charla, cada cena, cada palabra. Y recordarlo  subido a la concha que preside la sala de fiestas, –en la concha de Venus amarrado–, flor de Gnido su verbo que enamora y perturba, narrando la famosísima historia de “La Motrilova”, figura señera del imaginario colectivo que ya está pidiendo un romance en perfectos octosílabos.
El próximo año, fíjense si les aviso con antelación, el curso versará sobre agua y superstición, como no podía ser de otra manera en su decimotercera edición. Dicen que Thomas Mann se enjuagaba las manos con agua de violetas antes de escribir. Que el agua estancada en las obras de Lorca presagia la muerte y la esterilidad. Que los griegos colocaban sendas monedas en los ojos de los cadáveres para que las almas de éstos pudieran pagarle al barquero Caronte.  Pero en Lanjarón, las palabras huelen a espliego y romero, el agua corre viva desde sus manantiales de salud y a Caronte –tan largo me lo fiáis–, lo invitamos a una buena sobredosis de agua Capuchina. 



lunes, 28 de agosto de 2017

373. Palabras (Miscelánea barcelonesa)



“Se dice, y es verdad, que ningún barcelonés puede dormir tranquilo si no ha paseado por la Rambla por lo menos una vez, y a mí me ocurre otro tanto estos días que vivo en vuestra hermosísima ciudad. Toda la esencia de la gran Barcelona, de la perenne, la insobornable, está en esta calle que tiene un ala gótica donde se oyen fuentes romanas y laúdes del quince y otra ala abigarrada, cruel, increíble, donde se oyen los acordeones de todos los marineros del mundo y hay un vuelo nocturno de labios pintados y carcajadas al amanecer”. (García Lorca)
“La Rambla de Barcelona es la metáfora misma de la vida, vertiente hacia el mar, que es la muerte, según los tópicos medievales” (Vázquez Montalbán)
“Me gusta esta ciudad, al menos de plaza Catalunya para abajo. Yo me declaro nacionalista de las Ramblas, con todos los idiomas y culturas. En el Raval me siento en mi barrio. Ayer charlé con un camarero pakistaní que me enseñó algunas palabras en urdu”. (Juan Goytisolo)
“La Rambla de espectadores silenciosos, repantigados en las sillas de madera y contemplando el devenir de nuestra gente mientras la fuentecilla encapillada emite un gluglú que no escuchamos, casi apagado bajo el trinar de miles de pájaros que habitan en las ramas de follaje verde celeste y la musiquilla del violinista ciego, sentado delante de un quiosco lleno de revistas que un día dijeron que habían ganado los nacionales y otro día que llegaban turistas y después, hoy mismo, que Cuba se ha vuelto comunista, y muchos edificios están agrandando mi ciudad que vuelve a vivir; ay, fiebre de verano de una Barcelona asustada de su propio crecimiento, ¿quién se acuerda hoy de que un día lloramos?” (Terenci Moix)
“E1 boulevard de las Ramblas estaba vistoso: circulaban banqueros encopetados, militares graves, almidonadas amas que se abrían paso con las capotas charoladas de los cochecillos, floristas chillonas, estudiantes que faltaban a clase y se pegaban, en broma, riendo y metiéndose con la gente, algún tipo indefinible, marinos recién desembarcados. Teresa brincaba y sonreía, pero pronto se puso seria. —El bullicio me aturde. Sin embargo, creo que no soportaría ver las calles vacías: las ciudades son para las multitudes, ¿no crees?”  (Eduardo Mendoza)
“Sentía una gran nostalgia de aquella hermosa nostalgia esa noche de la semana en que
salí del teatro con mis amigos de Barcelona. Las Ramblas estaban más concurridas y delirantes que nunca, todavía con las enormes estrellas de luces de colores de la Navidad. En medio de la muchedumbre bulliciosa, de los gringos despistados y las suecas suculentas y casi desnudas en enero, estaban los exiliados de América Latina con sus ventorrillos públicos de baratijas, con sus niños envueltos en trapos, sobreviviendo como pueden mientras llega también para ellos el barco del regreso.” (García Márquez)
“Una hora después estoy en el hervor de la Rambla. Es esta calle ancha, como sabréis, de un pintoresco curioso y digno de nota, baraja social, revelador termómetro de una especial existencia ciudadana. En la larga vía van y vienen, rozándose, el sombrero de copa y la gorra obrera, el smoking y la blusa, la señorita y la menegilda”. (Rubén Darío)

“És tot un cel de blau i d’alegria /aquesta Rambla meva i em fa esglai / pensar que puc deixar-la sola un dia / la Rambla i jo no hem d’apartar-nos mai! /I quan sigui una vella corsecada /amb tot aquest cabell pansit i blanc, /em trobaran al peu de la parada,/com si jo hi defensés la meva sang. / I els que passin i em vegin sense vista,/tremolant, amb un pom dins la mà,/ diran: “guaiteu, l’Antònia, la florista / ja no pot cridar, ni caminar./I xaruga com és, plena de noses/i de dolors, encara té prou cor,/fidel  a la parada de les roses,/ fins que la vingui a recollir la mort.” (Josep Maria de Sagarra)

Palabras. Contra la barbarie, sólo palabras, anegando el mosaico de Miró.

lunes, 14 de agosto de 2017

372. Viajes literarios: Zamora



Todavía el caminante trae los ojos henchidos de azul mientras camina por la calle Corral de Campanas. La epifanía se ha producido, inopinadamente, unos minutos antes en el mirador del Troncoso. Ahora, por esta callecita estrecha y solitaria que más parece sendero o vereda, el viajero aún retiene el rumor del río Duero, su brochazo manso y demorado entre las aceñas, tocador del puente de piedra, que se mira presumido en su espejo para barnizar su vetustez. Desde la orilla, la ciudad le da la espalda al río, con el recato trágico de una dama que se sabe ya añosa, ajada su belleza antigua, ante la sempiterna lozanía del galán que a sus faldas durante siglos la corteja. El cerco del tiempo se enseñorea tras las murallas de Zamora.
La calle Corral de Campanas desemboca en la explanada de la catedral. Es inevitable alzar la vista y detenerla en su maravillosa cúpula lobulada, madre nutricia de la ciudad, gallina clueca que cobija a los pequeños cupulines que la rodean. Pero su grandiosidad y belleza subyugadoras no distraen al viajero, cuyos ojos buscan un edificio inadvertido en su humildad. A su izquierda, pegado a la Puerta del Obispo de la muralla, se erige la casa de Arias Gonzalo. A la derecha de su muro rectangular, una puerta de madera sella el arco semicircular. Claro que no es la puerta original pero el sortilegio surte efecto igualmente cuando se toma la aldaba y se la golpea: ruido de chiquillería dentro y, tras unos segundos, alguien manipula los postigos y salen Sancho, Urraca y Rodrigo. Los dos niños juegan a batirse en duelo con sus espadas de madera, mientras la infanta, que se ha quedado bajo el umbral de la puerta, sonríe y anima a Rodrigo. Ha salido también Arias Gonzalo, que nos mira con la complicidad resignada de quien ya lo sabe todo. Echa a andar Arias Gonzalo y lo siguen los niños con su juego infantil; marchan deprisa, sus figuras se emborronan, sus sombras se alargan y el viajero los pierde por momentos. Al llegar a la Plaza de la Leña el viajero se apoya sobre sus rodillas y toma resuello. Al levantar la cabeza, observa, de espaldas, presidiendo la pasarela de la muralla, a una dama de negro. El viajero traspasa la puerta de la muralla y comprueba, ya de cara, quién se halla tras la misteriosa figura. Es doña Urraca, apostada en el torreón. El viento mece su vestido. En su rostro afilado y duro, nada ya de su semblante infantil. Rodrigo se halla frente a ella, al pie de la muralla, montado en su caballo. Se dirigen unas palabras que no acertamos a oír. Sólo se imponen los sonidos de los cascos inquietos del caballo, su piafar nervioso. De repente, doña Urraca se vuelve, airada, y desaparece tras el palacio. Rodrigo permanece aún unos segundos y después, resuelto, vuelve las bridas de su caballo y retorna. Una mano se posa entonces sobre nuestro hombro. Es Arias Gonzalo. Y, sin saber cómo, estamos otra vez muy cerca de su casa, en la Calle Postigo. En su extremo, un portillo de la muralla, el de la Traición o de la Lealtad, según se mire. Una voz, como un eco lejano, se escucha desde las almenas: “Rey don Sancho, rey don Sancho, no digas que no te aviso…”.  Irrumpe por el portillo, de golpe, un caballero leonés. Es Vellido Dolfos, con el miedo pintado en la cara. Los guardianes cierran el portón con premura. Vellido se arrodilla ante doña Urraca, que ha salido a recibirlo. Le acaricia la coronilla y se da la vuelta, con paso moroso, enlutado. Nos encaramamos a la muralla por donde ha entrado Vellido. Desde ella observamos el cadáver ensangrentado de Sancho y los gritos de Rodrigo a caballo. Rodrigo no porta espuelas.

Lejos, en el panteón de San Isidoro de León, bajo los frescos románicos, se estremece una lápida anónima. 

lunes, 7 de agosto de 2017

371. Si me queréis, irse



En la ciudad donde vivo existe una amplia avenida donde está prohibido aparcar. La calle dispone de tres carriles, ya que se trata de una zona concurrida, y ello permite agilizar el abundante tráfico. Sin embargo, es raro el día en que el carril más pegado a la acera se halle habilitado para la circulación pues muchos usuarios aparcan en él, pese a las señales de prohibición. Este hecho se ha convertido ya en una costumbre, y hasta los agentes de tráfico parecen hacer la vista gorda, como si existiera un acuerdo tácito entre los ciudadanos y la policía o como si aparcar en un lugar no permitido hubiera emanado de alguna ley consuetudinaria que no se debe cuestionar. El ayuntamiento, impotente, en lugar de sancionar a quienes incurren en la infracción, ha colocado unas señales que permiten aparcar durantes determinadas franjas horarias. O dicho de otro modo, se ha bajado los pantalones siguiendo aquella máxima popular de que si no se puede contra el enemigo, es mejor unirse a él. Consigue, además, otra falacia, la de salvar la honrilla de su autoridad: no es que el ciudadano no obedezca; es que yo, magnánimo y dadivoso, se lo permito. El resultado ha sido que, ahora, los conductores aparcan en doble fila y han limitado la avenida a un solo carril.
Pues bien, es exactamente lo mismo que ha hecho la RAE con el uso de de la segunda persona del plural del imperativo del verbo “ir”. Como todo el mundo dice “iros”, pues ale, se abre la veda. Es signo de estos tiempos donde la consigna es  que la gente tiene que ser feliz y despreocupada, dárselo todo mascado y no complicarle demasiado la vida. También es un síntoma de la crisis de autoridad que existe en todos los ámbitos y el rechazo compulsivo a las normas: los hijos denuncian a sus padres por un cachete, el profesor es una diana de feria, los políticos se saltan a la torera al Constitucional, se dejan los envases del McDonald’s en los bancos públicos, se asaltan autobuses turísticos y yo hablo como me sale del pito. Con el tiempo desaparecerán las tildes (ya lo han hecho algunos diacríticos) y en el futuro tampoco habrá que rebanarse los sesos para saber si un vocablo debe llevar “b” o “v”, irán todas con “b” porque ¿a quién narices le importa ese palabro llamado “etimología”? ¿No suenan igual? Pues todo con “b” y tan anchos. Dirán quienes defiendan la claudicación de la RAE que la lengua no es propiedad de una institución sino de los hablantes. Y tendrán razón quienes así argumenten. Pero también la avenida de tres carriles es de todos los ciudadanos y gracias a la tibieza del ayuntamiento ahora sólo tenemos un carril. Con el idioma pasa igual: cada vez somos más pobres.

Conviene, no obstante, evitar las actitudes reaccionarias y apocalípticas. La lengua es un instrumento vivo y cambiante. Hoy nadie se para a pensar que cuando decimos que vamos al “cine”, estamos utilizando el apócope de “cinematógrafo”, es decir, estamos usando una palabra mutilada, igual que aquello del “tranqui no te pongas nervi”, igual. Y, sin embargo, nadie dice que se va al cinematógrafo. ¿Cómo una palabra mutilada ha devenido en correcta? Pues por el mismo fenómeno que el “iros”. El hablante es el soberano del idioma. Sin estos cambios, aún estaríamos hablando el latín vulgar de los primeros tiempos y a Zaragoza la llamaríamos todavía “Caesaraugusta”. Lo que quiero decir es que lo que acaba de ocurrir con el “iros” responde pefectamente a la normalidad evolutiva del idioma. Otra cosa bien distinta es que la RAE se ponga demasiado espléndida, empiece a permitirlo todo y le dé algún sillón vacante a título póstumo a Lola Flores. 

lunes, 24 de julio de 2017

370. El pasillo 860



Nada más entrar en la biblioteca, el silencio. Y con él, una atemperación, casi instantánea, de nuestro propio cuerpo. No sólo han quedado fuera los cláxones, la inmisericorde ráfaga sonora de las obras, el borborigmo de las gentes;  también nosotros mismos o, para ser más exactos, ese envoltorio falaz con que nos mostramos al mundo, ese ente barnizado por los convencionalismos y los roles aprendidos, esa carcasa, se queda también fuera de la biblioteca, esperándonos apremiante con su reloj y su zapateo inquieto sobre el asfalto, nuestro avatar. Dentro, todo el ruido del mundo se reduce al bisbiseo conventual de las bibliotecarias; termina el jadeo con que hemos cruzado el umbral, y las pupilas llenas de sol se dilatan ante la luz recogida del vestíbulo. Acogerse a sagrado. Fuera, el mundo. Dentro, todos los mundos. Y nosotros, sobrevenido astro, alrededor del cual, orbitan todos ellos. Los libros.

Las signaturas de la Clasificación Decimal Universal presiden cada uno de los pasillos que delimitan, flanqueándolos, las estanterías, como pasadizos que conducen a la faraónica cámara sagrada en la pirámide del saber.Impulsados por una inercia connatural, caminamos hasta el 860. Aquellos tres números se antojan la gematría de los antiguos cabalistas judíos, detrás de los cuales se halla la iluminación. No somos chovinistas ni talibanes del idioma; nuestras lecturas comprenden un bagaje de marcada vocación universal pero no podemos evitar sustraernos al orgullo que nos producen aquellos tres números a los que nos rendimos con pitagórico misticismo y donde se cifra, en su parca destilación numérica, la belleza de la lengua española. Caminar por la vereda tapizada del 860, los pies monacales reverenciando el silencio en su paso amortiguado, es como andar custodiado por los manes que protegen el único hogar en que nos reconocemos seguros, el de la palabra. A izquierda y derecha, los libros son talismanes votivos que nos protegen; el mundo puede reducirse en ese momento a ese pasillo, claustro protector colmado de capiteles bibliográficos. Otras veces nos parece un cementerio donde cada libro es un epitafio y, nos sentimos poderosos demiurgos porque sólo un gesto nuestro, el de tomar el libro del estante, es capaz de resucitar a los muertos, nosotros, médiums e intérpretes de sus voces, sacerdotes supremos, chamanes depositarios del secreto ritual literario, targumanes de los textos sacros. Reconocemos muchos de estos libros, duplicados, en las estanterías de nuestras casas. El don de la ubicuidad de la cultura. Los panes y los peces. Escudriñamos entre los anaqueles para decidir la resurrección de hoy, si es que alguna vez murieron del todo. Entre los huecos que dejan los libros, se intuyen otras sombras, en otros pasillos, celebrando el mismo ceremonial. Se hallan en pasillos contiguos, apenas intuidos entre la celosía libresca, pasillos inhóspitos que casi nunca visitamos, presididos por extrañas combinaciones numéricas. Cuando, al fin, hallamos el libro que buscamos, acudimos al mostrador y lo depositamos con inevitable solemnidad sobre la mesa. Allí, la bibliotecaria asperge con su hisopo tecnológico un haz de luz roja, como si exorcizase al libro de la prisión del olvido en que se hallaba, encerrado tras las rejas de su código de barras. El libro pasa entonces a ser nuestro. ¡Nuestro! Nos dirigimos hacia la salida y franqueamos, con irracional temor, los arcos de seguridad, temibles Escila y Caribdis para el aventurero Ulises, cazador de tesoros. Pero nada ocurre. Retomamos a nuestro avatar. Y huimos, como si hubiéramos cometido alguna profanación.

lunes, 17 de julio de 2017

369. NO VOTARÉ (Los otros 1 de octubre)



El 1 de octubre de 1584 nació en Tordesillas Alonso Castillo Solórzano, uno de los escritores españoles más prolíficos de nuestra literatura. Llegó a vivir en Barcelona y se le considera el padre de la llamada “comedia de figurón”, subgénero dramático parecido a la farsa protagonizado por los “figurones”, personajes cómicos grotescos y defensores de un ridículo orgullo, algo así como Puigdemont, pura farsa y figurón.
El 1 de octubre de 1684 muere en París el gran Pierre Corneille. El dramaturgo francés se rebeló contra la polémica gestión del Cardenal Richelieu y le recordó en su obra Horacio que los políticos no están por encima de la ley.
El 1 de octubre de 1856 Flaubert comienza a publicar por entregas en La Revue de Paris, su obra más reconocida, Madame Bovary. De esta novela, Vargas Llosa dijo que “el drama de Emma es el abismo entre ilusión y realidad” (otra vez el adúltero, adulterado, Puigdemont). A Flaubert la Historia lo recuerda porque pertenece a la patria de las palabras, la única patria común.
El 1 de octubre de 1500, Cristóbal Colón es encarcelado por los Reyes Católicos por sus abusos tiránicos en La Española, contraviniendo la posición de Isabel I, que defendía la igualdad entre indios y españoles. No necesitamos héroes así. Quizás después de este dato, alguien renuncie a las tesis catalanistas sobre el origen de Colón; no vayamos a mancillar la pureza de la raza.
El 1 de octubre de 1792 se funda el Diario de Barcelona, donde llegó a escribir Joan Maragall…en castellano. ¡Anatema!
El 1 de octubre de 1880, Thomas Alva Edison funda la primera central eléctrica del mundo. ¡Luz para el ciego Puigdemont!
El 1 de octubre de 1901 se funda la SGAE. Puigdemont quiere para sí los derechos de autor de Cataluña pero Cataluña no es patrimonio de Puigdemont.
El 1 de octubre de 1905, un joven carpintero llamado František Pavilíc es asesinado en Brno  por la bayoneta de un soldado imperial durante las protestas que se llevaron a cabo en esa ciudad checa para pedir pacíficamente una nueva universidad. ¿De qué habla Puigdemont cuando habla de represión española? En su recuerdo, el músico  Leoš Janáček compuso la famosa Sonata para piano 1.X.1905. ¿Qué sonata compondrá la Historia a Puigdemont?
El 1 de octubre de 1931, se aprueba el sufragio universal femenino en España con urnas de verdad para causas de verdad.
El 1 de octubre de 1946 se dicta sentencia en Núremberg a los asesinos nazis responsables del Holocausto. Stefan Zweig, que abominó de cualquier tipo de nacionalismo, no pudo verlo. Se había suicidado en Petrópolis cuatro años antes.
El 1 de octubre de 1958 se funda la NASA. Donde unos ven fronteras y muros, otros tienen por límite el universo entero. Puigdemont debiera leer a Carl Sagan.
El 1 de octubre de 1969, el Concorde rompió por primera vez la barrera del sonido. Hay que viajar más, señor Puigdemont, y salir del terruño.
El 1 de octubre de 1982, Sony y Philips empiezan a comercializar los primeros discos compactos. Puigdemont está aún en el vinilo.
El 1 de octubre de 1989, Dinamarca legaliza los matrimonios homosexuales. A Puigdemont lo que le gusta es casarse consigo mismo. O practicar el naci-onanismo.

El 1 de octubre de 2017, todos más pobres.

lunes, 10 de julio de 2017

368. ¿Qué fue de Antonio Skármeta?



Hagan la prueba. Lléguense hasta su librería más cercana y pidan algo de Antonio Skármeta. Casi siempre le responderán que en la tienda no hay nada pero que “si aguarda usted unos días, podríamos pedirlo”. Ya ni El cartero de Neruda encuentra acomodo entre las estanterías. Desahuciado de los anaqueles de las librerías al uso, a Skármeta hay que buscarlo en las bibliotecas o entre esa mágica chamarilería que son las librerías de viejo. Y, a veces, ni por esas. ¿A qué se debe este destierro? Cierto que el autor chileno no es el escritor más prolífico del mundo (apenas 10 novelas en 42 años, si no contamos sus cuentos y obras de teatro, que, por cierto, habría que reivindicar), pero más allá de esa moderación creativa, resulta difícil de entender que, pasado el furor de su entrañable cartero, Skármeta se haya convertido en una pieza rara de los museos bibliográficos. Echo de menos el mimo con que las editoriales españolas se vuelcan en la promoción de escritores de peor calidad sin escatimar recursos en las reediciones de sus obras. Y algo tendrá que ver también la propia naturaleza personal de Antonio Skármeta, tan en las antípodas del envanecimiento y ansias de protagonismo de otros.
Pero resulta que Antonio Skármeta existe. Vaya que si existe. El pasado mes de mayo, el autor de El baile de la Victoria leía su discurso de ingreso a la Academia Chilena de la Lengua, titulado “Pedaleando con San Juan de la Cruz”, donde repasa la influencia que ha ejercido la tradición española en sus obras. Leer esa agradecida y apasionada deuda de Skármeta con nuestros clásicos, todavía llaga más la herida de su injusto olvido o relativa indiferencia en nuestro país. Ya lo dije en otra ocasión: cuando se lee a Antonio Skármeta, uno experimenta la ingenua esperanza de poder reconciliarse con el género humano. Los personajes creados por el escritor chileno en sus novelas están concebidos desde una insobornable filantropía merced a la cual nos son presentados como almas limpias, transparentes, generosas y entrañablemente cándidas. Son, en definitiva, buenas personas. Esta marcada bonhomía no se asienta, sin embargo, sobre una concepción maniquea de los caracteres que pudiera originar, por contraste, la separación entre los buenos y los malos. El desarrollo de sus personalidades fluye de manera tan natural que las aceptamos sin escepticismo y nadie nota en su construcción soldaduras que pongan de manifiesto el trabajo literario del novelista. Tampoco son, pese a su nobleza, personajes que aspiren a ser ejemplo de nada. Su profunda humanidad los hace imperfectos, seres reales de carne y hueso; no son héroes épicos pero sus limitaciones y la conciencia de las mismas los dignifican en ese heroísmo cotidiano del vivir.
Casi al final de su discurso, Skármeta cita su cuento “El ciclista de San Cristóbal”. En él  un ciclista que participa en una competición, se obsesiona con la idea de que cada pedalada servirá para curar la enfermedad de su madre. Al volver a casa, halla a su madre restablecida comiendo una sopa. El pedal, en su movimiento alterno de descenso-ascenso se convierte entonces en símbolo de su credo literario y vital: “del pedal que sube al pedal que baja, del alma que se hunde en las tinieblas y del alma que sube a la luz de la revelación. Es el tránsito de la vida: lo bajo nutre lo sublime, lo sublime sólo hace sentido si se empuerca en la grandeza de lo mínimo. Este es el tránsito al que aspira mi prosa. Es mi modo de reverenciar la poesía”.

¡Pues venga entonces! ¡Una pedalada para arriba para Antonio Skármeta!