lunes, 21 de mayo de 2018

404. ¿Quién anda en el arca?



Siempre he creído que el verdadero éxito de un escritor no se debe al número de ventas de sus libros ni a la buena recepción de la crítica, ni siquiera a que haya entrado en las páginas de los manuales de literatura. El verdadero éxito de un escritor es ingresar en los diccionarios, en el lenguaje cotidiano de las personas, en sus expresiones coloquiales o en los tecnicismos de una profesión. Es, incluso, olvidar que aquellas palabras que usamos habitualmente proceden, en realidad, de una obra literaria. No debiera haber mayor privilegio para un escritor que sentirse así, mezclado con el habla de las gentes, fundido en el magma del idioma, fagocitado por las palabras, el escritor mismo hecho ya palabra más allá de su biografía.
Si nos ajustamos bien nuestros quevedos podremos ver mejor cómo la lexicografía española homenajea a muchos de los más ilustres escritores universales. Así, si queremos emprender una empresa idealista como conquistar a esa chica imposible que nos arrebata, nada mejor que ponernos quijotescos. Pero antes habrá que acicalarse de la mano de un buen fígaro (que puede ser perfectamente el cervantino maese Nicolás) para convertirnos en un auténtico donjuán o en un tenorio o en un casanova. Convendrá, eso sí, mantener la sensatez y no enamorarnos de una dulcinea y, mucho menos de una lolita. Si el cortejo no resulta bien, siempre se puede echar mano de una celestina o de una trotaconventos que, con sus estrategias maquiavélicas y rocambolescas a buen seguro conseguirán su propósito con las pobres incautas. Quizás convenga también no dar con una novia a la que le vaya el sadismo, aunque para gustos los colores. También sería conveniente que no fuera lectora de Jorge Bucay, no hay necesidad de ser masoquista. Si hay suerte, nos tocará en fortuna una bella e inesperada serendipia. Una vez establecida la relación, hay que guardarle fidelidad, tratando de evitar las tentaciones mefistofélicas y fáusticas: no seamos tartufos. Que ella lleve los pantalones o no en la casa, eso ya es cosa de cada cual. Si hemos decidido ofrecerles el palacio de nuestros corazones, hay que ser buenos anfitriones, regalarles la más grande y mejor habitación del alma porque el amor no cabe en una casa liliputiense. Si nos casamos, montemos un banquete pantagruélico, a la altura de nuestra felicidad. El amor y la convivencia son casi siempre una odisea, pero si se sabe navegar por sus procelosas aguas, no tienen por qué convertirse en una pesadilla dantesca o kafkiana. Como dicen que el amor es ciego, que el perro lazarillo del cariño nos alumbre el camino. 
Recuerdo con ternura y nostalgia cómo mi madre, cada vez que yo llegaba a casa y me oía entrar, pronunciaba siempre desde la cocina o desde alguna de las habitaciones donde realizaba sus labores, la siguiente expresión: “¿Quién anda en el arca?” Mi madre no supo, hasta que yo se lo dije, que aquella frase procedía en realidad del Lazarillo de Tormes, aunque deturpada por quién sabe qué azares. Quizás no haya mayor gloria para el autor de la famosa novela picaresca que esta anécdota. A su anonimato suma luego su ingreso en el acervo popular y se somete a los designios de la tradición oral. Y se convierte en patrimonio de todos, que no es poca cosa si pensamos en esta España cainita nuestra donde tanto cuesta ponerse de acuerdo en algo y sentirnos herederos de un capital cultural común. Y pasa lo de siempre: que La literatura nos ofrece su bálsamo sin necesidad del fierabrás.

lunes, 14 de mayo de 2018

403. Veinticinco años embrujados




¿Y cómo no estarlo? ¿Cómo no seguir hechizados un cuarto de siglo después por una de las obras más entrañables, inteligentes y cruelmente conmovedoras del maestro Juan Marsé? Justo este mes se cumplen 25 años desde que la extinta (o más bien fagocitada) Plaza & Janés publicara El embrujo de Shangai. Al año siguiente de haberse dado a la imprenta, la novela ya había obtenido el Premio de la Crítica y en 2002 fue llevada al cine por Fernando Trueba.
Con unos mimbres aparentemente sencillos, Marsé construyó una obra perfecta, lo que demuestra lo prescindibles que resultan los juegos de artificio cuando, sencillamente (y qué difícil es esa sencillez) se respeta la pureza de lo literario. Porque la novela de Marsé es literatura en estado puro, acrisolada en el precioso matraz de la palabra sin impostura. El embrujo de Shangai es una novela dentro de otra novela y es un alegato en defensa de la fantasía, de su consuelo en tiempos de grisura, sobre todo si esos tiempos se enmarcan dentro de la durísima posguerra española.
El catálogo de personajes es inolvidable: el capitán Blay, el estrafalario excombatiente del lado perdedor, lúcido chalado obsesionado con las represalias, que vive por ello escondido en un armario y que sale a la calle oculto entre vendas, haciéndose pasar por la víctima de un atropello de tranvía. El capitán Blay es un personaje con reminiscencias quijotescas; su locura reivindicativa no está exenta de mordacidad. Luego está el niño Ramón, el narrador de la obra, que acompaña y cuida cual lazarillo al capitán en sus dislates y que recibe el encargo de éste de dibujar a la niña tísica de la torre de la calle de las Camelias, con el propósito de acompañar su retrato a la hoja de firmas que está recogiendo para la retirada de una chimenea contaminante y conmover los corazones de los firmantes. Esta niña es Susana y encarna el perfecto prototipo del erotismo ligado a la enfermedad, en la línea del gusto decadentista de principios del siglo XX. En ella se aúnan inocencia y perversión, creando en el lector una mezcla de compasión y perturbación a partes iguales.
Pero el verdadero catalizador del leit motiv de la obra es Nandu Forcat, antiguo maqui, que se aloja en casa de Susana y que explica a los dos niños las aventuras de Kim, padre de la niña y cabecilla de los exiliados en Francia cuya figura está nimbada de la mitología que ha forjado el imaginario colectivo. Enfundado en su quimono, que parece ejercer de atuendo ritual para la magia de las palabras, Forcat relata el viaje de Kim a Shangai, aderezando su historia con todos los componentes de la novela negra, espías, nazis, lugares exóticos y mujeres fatales. Las palabras de Forcat, revestidas de un lirismo embelesador y de una premeditada ingenuidad, casi romántica, en sus ardides narrativos, alejan por unas horas a los dos niños de aquella habitación y de la vida sin horizontes de los años 40 y estimulan su imaginación en un momento donde la ruina general y la enfermedad ahogan las ilusiones en su yermo. 
El embrujo de Shangai reivindica el poder salvífico de la literatura pero también su enorme vulnerabilidad, siempre expuesta a la crudeza de una realidad que no admite paliativos y que, a veces, se ensaña con quienes quieren huir de ella o cambiarla. El final, una mezcla de desolación y esperanza, es la metáfora de una lucha en claroscuro donde la épica de la palabra trata de erigirse en luz para los desheredados de la felicidad, sin importar que, tal vez, esa luz sea una mentira. Un embrujo.

lunes, 30 de abril de 2018

402. Calígula o el desdén de la luna



Estoy seguro de que cualquier escritor que se precie de considerarse como tal, renunciaría a parte de su obra solo por escribir algo remotamente semejante al Calígula de Albert Camus. Estrenada en el parisino Théatre Hébertot en 1945, pocos textos de tamaña intensidad literaria y hondura filosófica como el del novelista y dramaturgo argelino. Calígula es la historia de la fatal lucidez. La muerte de Drusila, la hermana y amante del emperador, es el detonante de una terrible verdad: “que los hombres mueren y no son felices”. A partir de esa clarividencia, Calígula ejerce su tiranía con un afán pedagógico, el de mostrar a sus súbditos el verdadero sinsentido de la vida humana. Para ello destroza todos los valores, a la postre falaces, en los que se sustenta la humanidad: la patria, la religión, la amistad, el arte, el amor, la dignidad, el bien y el mal, todas las grandes palabras son sometidas a su despiadada destrucción. Subyace en la perspicacia de este delirio la idea de la libertad. Al hombre se le ha negado la posibilidad de elegir, pues no puede optar a la vida eterna. Es por eso que Calígula trata de rebelarse contra esa privación llevando al máximo extremo su propia libertad, la libertad del gobernante que no atiende a limitaciones de índole práctica, ética, o de sentido común para ejercer su poder. En realidad, con su actitud, Calígula está tramando deliberadamente su propio asesinato. Solo un cambio radical en el devenir de nuestra existencia finita podría llevarnos a la esperanza. Pero como esa esperanza se cifra en lo imposible, el nihilismo de Calígula no tiene cura. Por eso el emperador se obsesiona con conseguir la luna; si ello fuera posible, se revertiría todo el orden establecido, todo se transfiguraría: “Mi voluntad es cambiarlo. Haré a este siglo el don de la igualdad. Y cuando todo esté nivelado, lo imposible al fin en la tierra, la luna en mis manos, entonces quizá yo mismo esté transformado y el mundo conmigo; entonces, al fin, los hombres no morirán y serán dichosos”.
La nueva versión de Calígula a cargo de Mario Gas se resume en dos palabras: Pablo Derqui. Me cuesta encontrar en la memoria una interpretación tan apabullantemente estelar como la del actor barcelonés, aunque era algo que me esperaba, porque después de verlo interpretar a Enrique IV en la serie Isabel, de TVE, el papel de Calígula y su registro le venían pintiparados. La escenografía, a cargo de Paco Azorín, también es acertada, con ese frontispicio tendido que imita el Palazzo della Civiltà del Lavoro, el Colosseo Quadrato, símbolo del fascismo italiano que mandó construir Mussolini para aquella Exposición Universal de Roma que nunca se celebró. También el vestuario, con sus elegantes trajes, es respetuoso con el deseo de Camus de no presentar a los personajes con túnicas romanas. Chirría un poco la escena del baile de Calígula disfrazado de David Bowie, acompañando a Joker y a la Máscara. Aunque en el texto original se pone el acento en el histrionismo afeminado de Calígula, lo cierto es que la escena desmerece el conjunto y resulta incómoda. Lo que sí es un error imperdonable de dimensiones cósmicas es la música que suena justo en la escena final, cuando Calígula es asesinado. En una obra que nos recuerda continuamente la constatación de la nada que somos, el momento culminante de la muerte del emperador debe ir acompañado necesariamente de un silencio profundo y catártico –nihilista– que solo debe ser roto por los aplausos entregados de los espectadores. Terrible mácula final para un montaje que rozaba la perfección. 
La versión, pues, quedará en la memoria, sobre todo, por la deslumbrante actuación de Derqui. Y si alguna vez nos olvidamos del estremecimiento que vivimos un día en el patio de butacas, siempre estará para recordárnoslo la luna, recogida en el triclinio del cielo, altiva, bella.  Desdeñosa.

lunes, 23 de abril de 2018

401. Habitar la omniausencia



Quienes me conocen bien saben que no profeso en la cofradía del encomio gratuito, ni siquiera cuando el cedazo del cariño (como es el caso) pudiera tamizar la capacidad del discernimiento. Digámoslo, pues, de una vez: Pilar Blanco Díaz es una de las voces más deslumbrantes de la actual poesía española. Y esto hay que decirlo alto, claro y sin complejos, con la certeza de quien se sabe legitimado por la lectura jubilosa de una obra de incuestionable altura.
Tras cuatro años de silencio, Pilar Blanco nos regala Vigía de tu paso, una joya engarzada en la preciosa edición de Chamán. El libro se divide en tres secciones. En la primera, titulada “El que observa”, toma la voz poética una suerte de abstracción que no es más que el trasunto de la vocación trascendente de la poeta. A esta entelequia “clavad[a] en lo absoluto” se la llama a veces “hermética presencia” o “el otro”, “el hermano”, “el que escucha”. Desde su dimensión inalcanzable nos recuerda la finitud de lo que somos y la falacia de la búsqueda, pese a la tozudez contumaz del ser humano por responder a los enigmas de su propia existencia y por erigirse en interlocutor perpetuo y estéril del misterio. A la postre, somos sólo el “sueño de un loco” que amó en nosotros “lo inmortal que le fuera negado”, “un acaso de células cuyo fin desconozco”. “No te rebeles: respiras y ya has sido”.
En la segunda parte, titulada “La criatura”, es ésta quien toma la palabra para interpelar al metafísico vigía, pues necesita atar su canto a él para explicarse; de este modo  alimenta su ficción y agranda la oquedad del dolor, pues no hay respuestas si no hay a quien preguntar: “ni siquiera existes, producto de mi mente y de mi hambre”. La identificación con ese ideal anhelado pasa entonces a configurarse hacia adentro, estableciendo una tensión entre el yo público y el yo esencial, ese que “dice que es yo y no lo reconozco, / y me desprecia desde mis sangre misma”, o ese ser atávico, el arcano prediluviano, el origen telúrico del que venimos, de la tercera parte. Para el acceso a la eternidad queda entonces la palabra demiúrgica, la que nace de su veta prístina, pues lo que no se nombra no existe, o la asunción del tiempo presente como el único posible: “todo es hoy y avanza hacia sí mismo”, “luego no será más que un siempre  y un ahora”, “completar el ahora, / cauce único del siempre”.
La última sección se titula significativamente “El espejo del agua”, pues en ella dialogan la criatura y el vigía, que son las dos caras de una misma alegoría.  Se alterna aquí la letanía y el tono oracular. La “hermética presencia” se postula, allá en lo alto, como un dios soberbio y nihilista, que se alimenta de nuestro miedo y que niega toda perfección, destino y trascendencia a los hombres. La poeta se rebela a veces enarbolando la fuerza del amor (“soy eterno, pues amo”) y otras acepta la nada de su sino dando dimensión al espejismo a través de la belleza y de la poesía, que la salvan.
Vigía de tu paso es la epopeya elegíaca de una búsqueda imposible, la épica de una derrota cierta. Y, sin embargo, el misterio de la existencia debe oscurecerse precisamente para entenderlo: “porque el hombre que eres me usará de fanal” –dice ese eón anhelado–. “Ceguera que abre luz”, –corrobora la poeta–. Pues toda nuestra radical humanidad se halla en “amar así el bastón que nos conduce, el reflejo que evoca / este vacío repleto de preguntas. / Y amar en quien camina a nuestro lado / la misma pequeñez con la que se alza”. 

lunes, 16 de abril de 2018

400. Hacerse pueblo



Ya sabemos que es fácil sentar cátedra a toro pasado pero me van a permitir esta vez arrogarme (sin ánimo de exclusividad) el vaticino de este nuevo libro de Ramón García Mateos, que más tarde o más temprano había de darse necesariamente a la imprenta. Ya nos lo venía avisando el autor mismo en sus anteriores obras, que siempre han reservado un espacio para albergar la veta popularizante de muchos de sus versos. Pero si, además, se tiene el privilegio de haber sido su alumno, de conocer su persona y de disfrutar luego de su amistad, la premonición no tiene ya tanto mérito, pues basta con recordar el entusiasmo con que explicaba en sus clases el fenómeno de la oralidad, las jarchas, la juglaría y el Romancero (demorándose más de la cuenta –no podía evitarlo– en detrimento del resto del programa); basta con rastrear sus querencias literarias que, tanto cultas como tradicionales, han atendido siempre a la belleza de la canción popular; basta con oírlo cantar a él mismo, al calor del vino y de la amistad, viejas coplas de sabor añejo; basta con verlo ajuglararse en su aventura poético-musical con el grupo Goliardos; basta, en fin, con conocer el vínculo sentimental que, desde su infancia, ha contraído con el folclore, en el sentido más noble y etimológico del término, para convencerse de que este libro era casi una necesidad para la propia autoafirmación de su credo poético.
Nuevo ramo de viejos cantares, publicado por la editorial Silva, es un verdadero portento del dominio métrico y del espíritu del verso llano. Otros poetas cultos se vieron también tentados por la frescura y espontaneidad de la poesía popular, como aquellos que acabaron por conformar el corpus de eso que llamamos Romancero nuevo. Pero hasta ellos, con toda la indiscutible belleza de sus composiciones, no pudieron liberarse del todo del lastre de su propio ingenio, valga la paradoja. Ramón, en cambio, consciente del peligro de la impostura, tan en las antípodas del género, se ha hecho pueblo hasta el punto de que su libro podría pasar por una antología de los viejos cantares. Para ello se ha servido muy inteligentemente de los recursos congénitos a la propia tradición oral: el metro corto (con un magistral despliegue del florilegio de estrofas populares), la asonancia, los arcaísmos léxicos y gramaticales, la noble rusticidad o los temas (amorosos, evocadores, históricos, festivos, agrícolas, eróticos, procaces, viajeros, de escarnio, etc). Pero el verdadero mérito que da fe de la maravillosa recreación que el autor hace de la canción popular es la utilización de su fenómeno más señero: el de la transmisión oral. Y esto, claro, resulta paradójico en un libro escrito. García Mateos toma versos de la tradición y, o bien los glosa, o bien los transforma, o bien los continúa, contribuyendo con ello a su vida en variantes, que es parte esencial del género. Se da, pues, la anomalía de que un libro concebido para ser leído, pues los poemas se han fijado por escrito, participa, en realidad, de un presupuesto de la oralidad, que es el de ser parte del proceso de su vida en variantes. El milagro se hace cierto porque, repetimos, los poemas no parecen escritos por un poeta individual sino heredados de esa legión anónima que llamamos pueblo. Para acabar de consolidar ese premeditado calco de los procesos de la oralidad, el libro viene acompañado de un disco compacto donde varios artistas ponen música a los poemas y trascienden, por tanto, la fijación escrita. Se trata, en definitiva, de una maniobra originalísima cuyo gran acierto es, precisamente, que no lo parece. Y quién sabe si se cumple el sortilegio y algunos de estos viejos nuevos versos de Ramón toman vida propia y se acaban injertando en el cancionero colectivo, como aquel “lobito bueno”, de Goytisolo. Ramón, lo sé, renunciaría a ellos de buen grado, fundido y anónimo en el seno del pueblo, eterno ya.

lunes, 9 de abril de 2018

399. ¿Existe Portbou?



Los últimos días de Walter Benjamin en Portbou y su misteriosa muerte siguen constituyendo motivo de inspiración para literatos y centinelas de la memoria, si es que acaso no son la misma cosa. Álex Chico engrosa con un Un final para Benjamin Walter publicado por la editorial Candaya, la dilatada lista de quienes han sentido el magnetismo por una figura y un paisaje, imbricados tan íntimamente entre sí, que cuesta separar la orografía de la piel del filósofo, marcada por las cicatrices del exiliado, de la de los accidentados valles ampurdaneses, que parecen, ellos también, residir en una suerte de ostracismo geográfico en tierra de nadie.
Es justo esa fantasmagoría de la ausencia la que empapa todo el relato del escritor extremeño. Su prosa demorada y lírica, llena de sugestivas evocaciones, mece la lectura hasta generar una atmósfera envolvente y narcótica que envicia los pulmones lectores de melancolía. La descripción de lugares abandonados o poco frecuentados, como la antigua estación de tren, la playa, el cementerio, los hoteles vacíos, los obsoletos puestos aduaneros, los bastiones militares, el monumento de Caravan, el promontorio desde donde se divisa Cervère, todo contribuye a predisponer al espíritu a la ensoñación, pero también a la reflexión sobre la memoria, a su salvaguarda y a la denuncia de su postración interesada. Un final para Benjamin Walter es una epopeya de la desolación, un no-libro para un no-sitio y casi para un no-hombre (significativo el trueque que sufre el nombre del pensador alemán al ingresar en España) y hasta el autor, que visitaba Portbou para investigar esas últimas horas del autor de El libro de los pasajes, parece olvidarse por momentos de su empresa inicial para realizar él también una suerte de viaje iniciático hacia los intersticios de la propia escritura como ontología. Diríase que Álex Chico es un Juan Preciado y Portbou una nueva Comala, donde los muertos se aparecen y conversan con él, el propio Álex Chico otro espectro sincretizado con el paisaje.
Por supuesto, hay en el libro un recorrido documental y sentimental sobre Walter Benjamin, jalonado en ocasiones por jugosas anécdotas como aquella que describe el azaroso viaje del cuadro de Paul Klee, el Angelus novus, adquirido en su día por Benjamin y que hoy cuelga significativamente en el Museo de Israel, en Jerusalén. O la magia de la intertextualidad, que pone en liza a inesperados compañeros de viaje literarios. Pero hasta todo eso acaba poniéndose al servicio de reflexiones sobre la escritura o la memoria, como demuestra esa especie de coda final en la que el autor se centra en los cuadernos de Sílvia Monferrer, habitante de Portbou que acoge a Chico en sus últimos días en el pueblo, de vida también errabunda, casi ficticia, otro fantasma más.
Un final para Benjamin Walter, a medio camino entre la novela, el ensayo y la crónica de viajes, es un libro con aura, como tiene aura Portbou. Ese poso que dejan algunas lecturas de las que olvidamos su argumento, sus personajes y hasta sus títulos pero que quedan sedimentados en alguna parte de nosotros para siempre. Quizás sea esa la paradójica máxima expresión de la literatura: los libros donde las palabras se desintegraron pero son polvo en los bolsillos del viajero. Por eso no hace falta un cadáver de Walter Benjamin ni una tumba para sus despojos. Porque existen epitafios como el de Álex Chico.

lunes, 2 de abril de 2018

398. Catálogo de lo efímero



Los lectores leales a Antonio Muñoz Molina extrañarán el nuevo trabajo del escritor jienense. Buscarán al autor de El jinete polaco entre la abigarrada maraña de palabras que conforma su nueva novela, se perderán desconcertados en su laberinto, aguardarán pacientes la aparición, al fin, de aquel hallazgo brillante de las otras veces, del reconocimiento de su universo envolvente, de las virtudes recordadas con tanta admiración y, sólo de vez en cuando, satisfarán su sed en algunos pequeños oasis, que bien pudieran ser espejismos de ese deseo, y que van demorándose conforme se pasan las páginas hasta minar la esperanza del sediento. Leer el nuevo libro de Muñoz Molina es como apurar la fruta que no acaba de presentarse dulce en el paladar y de la que nuestra boca pertinaz se empeña en extraer el sabor que conoce y que no llega.
Nada impide a un escritor cambiar de registro cuando se le antoje o atreverse con una prosa experimental. Pero Un andar solitario entre la gente (Seix Barral) está tan en las antípodas de lo que conocemos de su autor, que casi nos parece una traición o un abuso de nuestra fidelidad. Ni siquiera el estilo literario, que tantas veces salva una novela, como salva un mal guión cinematográfico la pericia de los actores, nos sirve aquí de consuelo, pues no nos atrevemos siquiera a denominar ‘estilo’ a toda esa retahíla de anuncios publicitarios o pastiches de noticias periodísticas que se van sucediendo hasta la desmesura en las páginas del libro.
La nueva obra de Muñoz Molina constituye un registro escrupuloso de lo anecdótico relevante, valga el oxímoron. De todas aquellas cosas que forman parte de nuestra cotidianidad y que, precisamente por estar tan insertas en ella, apenas las consideramos, son invisibles. Y, no obstante, configuran nuestra forma de ser y de estar en el mundo debido a su poder subliminal. El protagonista es un caminante urbano, una suerte de flâneur reformulado que anota compulsivamente en su libreta todo lo que observa. Esa compulsión por la escritura se desborda hasta el punto de que el mismo personaje confiesa, casi pidiendo disculpas, el desvarío de su obsesión. La tipografía, con los márgenes derechos sin justificar, contribuye a esa especie de notas a vuelapluma realizadas sobre un cuaderno. Las largas listas publicitarias o de noticias periodísticas quizás pretendan conscientemente abrumar al lector para crear la sensación de ese mundo vertiginoso en el que vivimos, donde los anuncios nos controlan y nos interpelan constantemente, como en una Blade Runner ya no tan lejana, y también de su estupidez, su maldad, su fealdad, su materialismo atroz. Y todo ello pergeñado con materiales de derribo, efímeros, inacabados, como el propio libro que escribe y que no parece ir a ninguna parte. Podemos secundar lo interesante del planteamiento y la justificación errática de su estructura a partir de esa tesis pero, al final, lo que el lector desea cuando adquiere un libro es literatura y esta obra, por más que en la contraportada se quiera vender como un híbrido de varios géneros, no sabemos lo que es. Tan sólo recuperamos y reconocemos al mejor Muñoz Molina en las evocaciones nostálgicas a otros escritores urbanos que han construido las ciudades como motivo literario (Benjamin, De Quincey, Budelaire, Poe, entre otros). En esas descripciones sugestivas, las papilas gustativas sí reaccionan al recuerdo de la fruta conocida. Lo demás es pura verborrea. Si Un andar solitario entre la gente pretendía ser, entre otras cosas, un catálogo de lo efímero, tendrá que empezar primero por reconocer por efímero, el recuerdo que este último libro dejará en el bagaje lector de sus admiradores.

lunes, 26 de marzo de 2018

397. El cartógrafo



En esta época nuestra en la que algunos desean levantar muros y hacerse fuertes tras las fronteras, conviene no olvidar el daño que han hecho en Europa y en el mundo entero las cartografías nacionalistas. El turista juega a poner el dedo al azar en el mapa para decidir el destino de sus próximas vacaciones y la yema que pasa con cuidado por los contornos limítrofes de algunos países ya no nota la cicatriz de antiguas y dolorosas suturas. El niño que fui a quien el maestro pide que sitúe sobre el mapa colgado de la pizarra aquella nación, ese tipo de cosas que se hacían antes en las aulas y que ahora  prohíben los imbéciles de la nueva pedagogía, intuye en los caprichosos perímetros de las líneas divisorias –una línea sinuosa allí, una raya picuda allá, un jirón en aquella linde–, el arbitrario boceto de un loco esquizofrénico. El adulto que hoy soy no  reconoce ya el rostro de la Europa de su infancia, sus facciones, la orografía de su piel. En su lugar, hay nuevos costurones que delimitan nuevos nombres y nuevas capitales y destruyen una cartografía sentimental donde uno creía que todo era seguro, inamovible, cierto. Los mapamundis son puzles trágicos cuyas piezas encajan coaguladas con la sangre derramada de los inocentes.
“Buenos tiempos para los cartógrafos, malos tiempos para la humanidad”, dice uno de los personajes de El cartógrafo, la obra de teatro dirigida por Juan Mayorga y protagonizada por Blanca Portillo y José Luis García-Pérez. En la actual Varsovia, Blanca investiga la leyenda según la cual la nieta de un cartógrafo impedido y oculto ayuda a su abuelo a dibujar el mapa del gueto judío de la ciudad durante la ocupación nazi. La obra transcurre durante esas dos épocas, con continuos saltos en el tiempo que facilitan unas excelentes transiciones, perfectamente ensambladas. La niña memoriza durante sus paseos los detalles del gueto, que luego traslada a su abuelo en la habitación clandestina donde se esconde. La obra es un alegato contra el olvido. Así, el cartógrafo reconviene a la niña cuando ésta se fija sólo en la generalidad de los paisajes y la insta a detenerse en las cosas pequeñas para hacer de su mapa, un mapa real, un mapa de personas, de sueños, de congojas, de miserias, de injusticias, un mapa vivo que se duela de la barbarie para legar su aflicción a las generaciones venideras. La sensibilidad de Blanca recoge de algún modo esa empresa del cartógrafo judío y trata de que su proyecto de memoria no quede en saco roto. Sobre el mapa de la actual Varsovia, trata de reconocer los límites del gueto, cotejándolo con antiguas fotografías, y se lamenta y avergüenza de que el urbanismo implacable haya borrado de ese mapa aquellos rincones de sufrimiento, sellando su recuerdo, como si allí nunca hubiera pasado nada: la Gran Sinagoga es ahora la central de Peugeot. El drama de la historia del cartógrafo se convierte, además, en trasunto del drama personal de la propia Blanca y de su marido, que han perdido un hijo y que tratan de obviar su tragedia, silenciada tácitamente en sus conversaciones. Asumir esa tristeza es también trazar una cartografía de su propia persona: ellos son también esa tristeza, forma parte de su geografía. La escena en que Blanca pide que su marido trace con tiza el perfil de su cuerpo tumbado sobre el suelo rebosa, en ese sentido, de un simbolismo conmovedor. Especialmente emotivo es también el momento en que la obra se interrumpe, se encienden las luces y los actores abandonan el rol de sus personajes para describir los horrores del holocausto porque es imposible representar esa barbarie sobre un escenario y, quizás también, por temor a desvirtuar con la ficcionalización, sucesos que superan en sí mismos a la propia realidad imaginada.
El cartógrafo sigue de gira por España, colonizando su particular mapa. Los únicos que queremos, los que se construyen con el teodolito de la cultura.

lunes, 12 de marzo de 2018

396. Etimologías (II). 'Huelga'.




La huelga del pasado 8 de marzo me ha vuelto a abrir el apetito por las golosas etimologías. En un mundo donde la palabra está cada vez más desvirtuada, bucear por los orígenes de los vocablos nos descubre interesantes revelaciones, mucho más cercanas a la verdad que lo que el desgaste semántico ha operado en ellos.
La palabra ‘huelga’ procede del verbo ‘holgar’ y éste, a su vez, del latín ‘follicare’, que significaba ‘jadear’ o ‘resoplar’, como lo hace un fuelle. Esa idea del resoplido o del jadeo explica el sentido de ‘holgar’, que en un primer momento significó descansar después de haber realizado una labor fatigosa tras la que se precisaba atenuar ese resuello o respiración acelerada. La ‘huelga’ era, por tanto, un descanso, que con el tiempo tomaría su cariz sindical y reivindicativo. ‘Holgar’ significó asimismo ‘sobrar’, por aquello de vaciar los pulmones del aire sobrante del resuello; por eso se usa la expresión ‘huelga decir’ o ‘huelgan las palabras’. También se usó para referirse al coito, pues su práctica también suele producir jadeos. El Arcipreste de Hita dice, socarrón, en su Libro de buen amor: “«Otorgóle Doña Endrina de ir con ella folgar, / a tomar de la su fruta e a la pella jugar” (en el siglo XIV, ‘holgar’ mantenía aún la efe inicial). Y, de hecho, la palabra ‘fuelle’, del latín ‘follis’, dio el vulgarismo ‘follar’, una vez más vinculado a los bufidos que imitan al fuelle, y puede referirse tanto al coito como a expulsar una ventosidad, aunque su primera entrada en el diccionario define al verbo, simplemente, como ‘soplar con el fuelle’. En Andalucía, como consecuencia de la fuerte aspiración de la hache y la permuta de las consonantes líquidas, surgió la palabra ‘juerga’.
Llegados a este punto cabría preguntarse si nuestras huelgas significan hoy lo que creemos que significan o si están más cerca de algunos de los significados que han ido adoptando durante su evolución semántica. Porque, ¿quién no ha aprovechado una huelga para hacer una juerga? ¿O quién no se ha quedado en la cama, no por huelga, sino por simple holganza? ¿No le dicen a la huelga en catalán significativamente ‘vaga’?  (Del latín ‘vacare’, vacío, ocioso, de donde procede ‘vacaciones’). A mis alumnos huelguistas suelo decirles que deben buscarse la vida para preparar el temario que no se ha impartido durante la jornada de huelga y entonces me dicen que soy injusto y que los coacciono para venir a clase. No saben que lo hago justamente para ennoblecer su acto. Toda huelga necesita una renuncia para dignificarse. Renuncio a mis 100 euros al día como profesor porque me compensa perder ese dinero si estoy en paz con mis principios. Si no perdiéramos nada, haríamos huelga todos los días. Me causa tristeza comprobar cómo muchos estudiantes aprovechan la huelga, no para ir a la manifestación y mostrar su descontento en las calles sino para robarle unas horas más a la almohada. Pervierten así un derecho que costó muchas vidas e insultan a los precursores que lucharon por las libertades de las que hoy ellos disfrutan. También ocurrió el 8 de marzo, aunque ello no menoscaba la lección rotunda que nos dieron las mujeres el pasado jueves y no empaña su épica.
Y luego está cuando uno no sabe si hacer huelga o no. En su canción Chi non lavora non fa l’amore (1970), Adriano Celentano se queja de que su mujer lo tiene a pan y agua porque con la huelga no trae dinero a casa, así que va trabajar y entonces recibe una paliza de los huelguistas por esquirol. Trata de ir al hospital para curarse de las heridas pero hay huelga de tranvías y hasta el médico ha hecho huelga. ¿Qué hacer? Si hace huelga malo y si no también. Para que en cada casa entre el amor, “deme un aumento, señor patrón” –acaba la canción. Poderosa huelga la de la mujer de Celentano.
50 años después son otras las huelgas que hacen las mujeres. Por fortuna. Y por desgracia.

lunes, 5 de marzo de 2018

395. La originalidad




Andan algunos escritores y editores bebiendo los vientos por publicar libros que tengan en la originalidad su principal virtud. Ser original, distinto, rompedor, provocador, se ha vuelto imprescindible para abrirse paso en el mundo literario y en el arte en general. Quizás es signo de este tiempo, el nuestro, en que la sociedad se cansa muy rápidamente de todo y necesita satisfacer su inagotable hastío con aquella novedad que lo sacuda, por mucho que esa novedad esté abocada irremediablemente a su destino efímero. Nunca como en nuestra época, las personas han tenido tantas posibilidades de ocio y, sin embargo, tampoco nunca antes había habido tanta gente que se aburriera tanto.
El concepto de originalidad es, en realidad, relativamente reciente. Se consolida, sobre todo, en el siglo XIX, cuando el Romanticismo apeló a la individualidad del genio creador y a la particularidad de su universo artístico. Y, sin embargo, el ideario romántico acabó por convertirse, él también, en escuela de tópicos en sí mismo. Tiempo atrás, la noción de originalidad no era siquiera contemplada y se prestigiaba, sin embargo, el seguimiento de los modelos clásicos. Gonzalo de Berceo se jactaba de tomar sus Milagros de fuentes fidedignas y Don Juan Manuel, a quien la tradición española atribuye la cualidad de ser el primer escritor con conciencia de su oficio, basó los relatos contenidos en El conde Lucanor en las traducciones de los cuentos y apólogos griegos y orientales que podía hallar sin problema en la biblioteca de su tío, Alfonso X, el Sabio. El Renacimiento y el Neoclasicismo volvieron la vista a los modelos greco-latinos, con las lógicas reformulaciones que reclamaban sus siglos. Y sólo las vanguardias rupturistas del primer tercio del siglo XX que respetaron la tradición consiguieron hacerse un hueco reconocido en los manuales de historia de la literatura; las demás, quedaron como mera bagatela sin solución de continuidad que hoy se recuerdan con la mirada curiosa de la anécdota.
Una concepción radical de la originalidad podría defender perfectamente que toda obra artística es original en tanto que ha sido creada por un individuo que es único e irrepetible. No se trata, pues, de buscar asuntos alternativos a los que han conformado los temas universales de la historia de la humanidad porque, entre otras cosas, eso es imposible. Todo está ya dicho en Homero, Shakespeare y Cervantes. Ser original no es inventar de la nada, sino conseguir que los temas que han preocupado desde siempre a los hombres, cribados en el cedazo de una sensibilidad extraordinaria y talentosa, adquieran la capacidad de emocionarnos, de decirnos aquello mismo que sentimos y no sabíamos decir, de impregnarlos de la personalidad profunda y extraordinaria del literato, que no es más que otro ser humano en el que nos reconocemos. Hay más sorpresa en cualquiera de los temas más manidos de la literatura, si éste ha pasado por el tamiz de las grandes almas e inteligencias de los escritores, que en todos los fuegos de artificio de quien quiere llamar la atención y sólo consigue el histrionismo banal, el minuto de gloria, ridículo, prescindible y al rato olvidado.
Tal vez, en último término, ser original estribe precisamente en no serlo o, al menos, en no serlo demasiado. Es algo parecido a la rutina, de la que tanta gente se queja, sin saber que la felicidad reside muchas veces en los corazones donde nunca pasa nada y, sin embargo, ocurre todo.