viernes, 2 de junio de 2017

363. El silencio es oro



A los componentes de la banda ‘The Tremoloes’ más les hubiera valido hacer caso del título de la canción que versionaban, Silence is golden (1967), y ahorrarnos así el sonrojante falsete con que adornaban el estribillo principal del tema. Nada que ver, en cambio, con The sounds of silence, de ‘Simon & Garfunkel’, grabada dos años antes y de la que se dice fue compuesta para expresar el dolor del pueblo americano por el asesinato del presidente Kennedy en 1964. Y es que, como siempre ha ocurrido, hay quienes no saben predicar con el ejemplo mientras otros son ejemplares.
De todos modos, lo del silencio no es que haya cundido mucho, y eso que el famoso lema, “el silencio es oro”, ya lo había acuñado el ensayista escocés Thomas Carlyle en El sastre remendado allá por 1833, aunque se antoja un aforismo que debe de perderse en la oscuridad de los tiempos. Joaquín Sabina ya lo advertía en su canción Ruido, aunque el cantante de Úbeda lo utilizara simbólicamente para describir la ruptura de un amor. Da igual que los ayuntamientos instalen sonómetros o que la OMS incluya el ruido entre los activos tóxicos de nuestro ambiente. El silencio está herido de muerte y ha adquirido un total desprestigio. Cuando en mi jornada como docente debo hacer las llamadas “guardias”, paseo por los pasillos del instituto y no hay aula donde no se escuche alboroto. Me pregunto cómo pueden mis compañeros dar una clase en esas condiciones y hasta qué punto cualquiera de los contenidos que allí se imparten pueden calar en los alumnos en medio de semejante bullicio. Lo peor es que esa situación anómala se ha vuelto normal, hasta el punto de que un niño ya no entiende por qué el profesor le llama la atención al pedirle silencio. La gente habla a voces por doquier, los anuncios de la televisión son estridentes, los locutores deportivos braman aunque el partido se halle en un momento anodino, los espectadores comentan la película en las salas de cine como si estuvieran solos en el salón de su casa, suenan los cláxones en la ciudad, los pasajeros del tren vociferan a sus teléfonos móviles, todo el mundo habla y habla y sabe de todo, aunque lo que tenga que decir sea normalmente una mamarrachada, y hasta en la supuesta vanguardia educativa que es Finlandia se están creando bibliotecas refractarias al silencio. Claro que, si en Helsinki lo hacen, aquí pronto lo imitaremos porque Finlandia, claro, es dogma de fe. Nunca tantas palabras habían valido tan poco.
Es ya casi mítico el famoso escritorio que se expone en Iria Flavia, en la Fundación Camilo José Cela, donde el Nobel español escribiera su Oficio de tinieblas 5. No vamos nosotros tan lejos, pero es cierto que hay que recuperar el silencio, ese lugar donde reencontrarnos con nosotros mismos y con las verdades mancilladas por la vacua barahúnda general. El silencio, no sólo como bálsamo, sino como esponja porosa donde se acumulan las certezas que no dicen las palabras, como reverencial atrio de la iluminación, como asilo del necesario pudor, como condición para la creación excelsa.

La editorial Linteo publicó el pasado mes de abril El silencio es oro, una colección de 83 poemas, 36 de ellos inéditos, de Juan Ramón Jiménez. Su lectura dirá mucho mejor que yo las virtudes de ese “príncipe blanco y oro” que es el silencio. A mí, los tres mil quinientos caracteres de mi artículo semanal me avisan de que ya va siendo hora de callar. De guardar silencio. Shhhhhh….

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