lunes, 14 de agosto de 2017

372. Viajes literarios: Zamora



Todavía el caminante trae los ojos henchidos de azul mientras camina por la calle Corral de Campanas. La epifanía se ha producido, inopinadamente, unos minutos antes en el mirador del Troncoso. Ahora, por esta callecita estrecha y solitaria que más parece sendero o vereda, el viajero aún retiene el rumor del río Duero, su brochazo manso y demorado entre las aceñas, tocador del puente de piedra, que se mira presumido en su espejo para barnizar su vetustez. Desde la orilla, la ciudad le da la espalda al río, con el recato trágico de una dama que se sabe ya añosa, ajada su belleza antigua, ante la sempiterna lozanía del galán que a sus faldas durante siglos la corteja. El cerco del tiempo se enseñorea tras las murallas de Zamora.
La calle Corral de Campanas desemboca en la explanada de la catedral. Es inevitable alzar la vista y detenerla en su maravillosa cúpula lobulada, madre nutricia de la ciudad, gallina clueca que cobija a los pequeños cupulines que la rodean. Pero su grandiosidad y belleza subyugadoras no distraen al viajero, cuyos ojos buscan un edificio inadvertido en su humildad. A su izquierda, pegado a la Puerta del Obispo de la muralla, se erige la casa de Arias Gonzalo. A la derecha de su muro rectangular, una puerta de madera sella el arco semicircular. Claro que no es la puerta original pero el sortilegio surte efecto igualmente cuando se toma la aldaba y se la golpea: ruido de chiquillería dentro y, tras unos segundos, alguien manipula los postigos y salen Sancho, Urraca y Rodrigo. Los dos niños juegan a batirse en duelo con sus espadas de madera, mientras la infanta, que se ha quedado bajo el umbral de la puerta, sonríe y anima a Rodrigo. Ha salido también Arias Gonzalo, que nos mira con la complicidad resignada de quien ya lo sabe todo. Echa a andar Arias Gonzalo y lo siguen los niños con su juego infantil; marchan deprisa, sus figuras se emborronan, sus sombras se alargan y el viajero los pierde por momentos. Al llegar a la Plaza de la Leña el viajero se apoya sobre sus rodillas y toma resuello. Al levantar la cabeza, observa, de espaldas, presidiendo la pasarela de la muralla, a una dama de negro. El viajero traspasa la puerta de la muralla y comprueba, ya de cara, quién se halla tras la misteriosa figura. Es doña Urraca, apostada en el torreón. El viento mece su vestido. En su rostro afilado y duro, nada ya de su semblante infantil. Rodrigo se halla frente a ella, al pie de la muralla, montado en su caballo. Se dirigen unas palabras que no acertamos a oír. Sólo se imponen los sonidos de los cascos inquietos del caballo, su piafar nervioso. De repente, doña Urraca se vuelve, airada, y desaparece tras el palacio. Rodrigo permanece aún unos segundos y después, resuelto, vuelve las bridas de su caballo y retorna. Una mano se posa entonces sobre nuestro hombro. Es Arias Gonzalo. Y, sin saber cómo, estamos otra vez muy cerca de su casa, en la Calle Postigo. En su extremo, un portillo de la muralla, el de la Traición o de la Lealtad, según se mire. Una voz, como un eco lejano, se escucha desde las almenas: “Rey don Sancho, rey don Sancho, no digas que no te aviso…”.  Irrumpe por el portillo, de golpe, un caballero leonés. Es Vellido Dolfos, con el miedo pintado en la cara. Los guardianes cierran el portón con premura. Vellido se arrodilla ante doña Urraca, que ha salido a recibirlo. Le acaricia la coronilla y se da la vuelta, con paso moroso, enlutado. Nos encaramamos a la muralla por donde ha entrado Vellido. Desde ella observamos el cadáver ensangrentado de Sancho y los gritos de Rodrigo a caballo. Rodrigo no porta espuelas.

Lejos, en el panteón de San Isidoro de León, bajo los frescos románicos, se estremece una lápida anónima. 

lunes, 7 de agosto de 2017

371. Si me queréis, irse



En la ciudad donde vivo existe una amplia avenida donde está prohibido aparcar. La calle dispone de tres carriles, ya que se trata de una zona concurrida, y ello permite agilizar el abundante tráfico. Sin embargo, es raro el día en que el carril más pegado a la acera se halle habilitado para la circulación pues muchos usuarios aparcan en él, pese a las señales de prohibición. Este hecho se ha convertido ya en una costumbre, y hasta los agentes de tráfico parecen hacer la vista gorda, como si existiera un acuerdo tácito entre los ciudadanos y la policía o como si aparcar en un lugar no permitido hubiera emanado de alguna ley consuetudinaria que no se debe cuestionar. El ayuntamiento, impotente, en lugar de sancionar a quienes incurren en la infracción, ha colocado unas señales que permiten aparcar durantes determinadas franjas horarias. O dicho de otro modo, se ha bajado los pantalones siguiendo aquella máxima popular de que si no se puede contra el enemigo, es mejor unirse a él. Consigue, además, otra falacia, la de salvar la honrilla de su autoridad: no es que el ciudadano no obedezca; es que yo, magnánimo y dadivoso, se lo permito. El resultado ha sido que, ahora, los conductores aparcan en doble fila y han limitado la avenida a un solo carril.
Pues bien, es exactamente lo mismo que ha hecho la RAE con el uso de de la segunda persona del plural del imperativo del verbo “ir”. Como todo el mundo dice “iros”, pues ale, se abre la veda. Es signo de estos tiempos donde la consigna es  que la gente tiene que ser feliz y despreocupada, dárselo todo mascado y no complicarle demasiado la vida. También es un síntoma de la crisis de autoridad que existe en todos los ámbitos y el rechazo compulsivo a las normas: los hijos denuncian a sus padres por un cachete, el profesor es una diana de feria, los políticos se saltan a la torera al Constitucional, se dejan los envases del McDonald’s en los bancos públicos, se asaltan autobuses turísticos y yo hablo como me sale del pito. Con el tiempo desaparecerán las tildes (ya lo han hecho algunos diacríticos) y en el futuro tampoco habrá que rebanarse los sesos para saber si un vocablo debe llevar “b” o “v”, irán todas con “b” porque ¿a quién narices le importa ese palabro llamado “etimología”? ¿No suenan igual? Pues todo con “b” y tan anchos. Dirán quienes defiendan la claudicación de la RAE que la lengua no es propiedad de una institución sino de los hablantes. Y tendrán razón quienes así argumenten. Pero también la avenida de tres carriles es de todos los ciudadanos y gracias a la tibieza del ayuntamiento ahora sólo tenemos un carril. Con el idioma pasa igual: cada vez somos más pobres.

Conviene, no obstante, evitar las actitudes reaccionarias y apocalípticas. La lengua es un instrumento vivo y cambiante. Hoy nadie se para a pensar que cuando decimos que vamos al “cine”, estamos utilizando el apócope de “cinematógrafo”, es decir, estamos usando una palabra mutilada, igual que aquello del “tranqui no te pongas nervi”, igual. Y, sin embargo, nadie dice que se va al cinematógrafo. ¿Cómo una palabra mutilada ha devenido en correcta? Pues por el mismo fenómeno que el “iros”. El hablante es el soberano del idioma. Sin estos cambios, aún estaríamos hablando el latín vulgar de los primeros tiempos y a Zaragoza la llamaríamos todavía “Caesaraugusta”. Lo que quiero decir es que lo que acaba de ocurrir con el “iros” responde pefectamente a la normalidad evolutiva del idioma. Otra cosa bien distinta es que la RAE se ponga demasiado espléndida, empiece a permitirlo todo y le dé algún sillón vacante a título póstumo a Lola Flores.